Son muchas las personalidades de todos los ámbitos de la cultura, las artes y la farándula asociadas a la ciudad de Tánger. Quizás uno de las más atípicas, tanto por su controvertida vida como por su extravagancia, fue la de la millonaria estadounidense Bárbara Hutton, conocida por las crónicas de la época como la “pobre niña rica”, quien estableció su residencia de verano en la ciudad hasta 1975.

He visitado Tánger con bastante frecuencia en los últimos años. Recorrer las calles de la Medina, del Tánger colonial y de la kasbah hace volar mi imaginación y me abrió la puerta a muchas historias en esta ciudad alimentada por los mitos, de esas que uno no sabe a ciencia cierta si son leyendas urbanas o si tienen algún viso de realidad. Pero he llegado a la conclusión de que en todas estas historias siempre hay, al menos un poso de verdad. Incluso en esta que atañía a la propia Bárbara Hutton.

Me habían contado que la heredera se encaprichó de un palacete en la Medina que transformó en su residencia vacacional. Y se dice también, que para que ella pudiese circular por ella con su Rolls Royce tuvieron que adaptar la estrecha puerta de la Medina. Dicha anécdota es solo verdad a medias, efectivamente, es cierto que se solicitó el ensanche de la puerta Bab Kasbah para que su famosa nueva vecina pudiese acceder con su lujoso vehículo, pero esto fue denegado por las autoridades. Totalmente comprensible pues no creo que a ninguno de sus humildes vecinos se les hubiese presentado nunca este problema. De hecho, es más que probable que en esos tiempos, estos usaran la tracción animal en lugar la mecánica.

En la casa Rolls Royce sin embargo, fueron más comprensivos y, dado que probablemente Bárbara era una buena clienta, le fabricaron un vehículo exclusivo de dimensiones más reducidas con el que se podía mover por dentro de la kasbah y la Medina.

 

El Palacete de Sidi Housni

En 1947, Hutton compró un palacete dentro de la Kasbah, la antigua fortaleza que se levanta dentro de los muros del antiguo barrio árabe. Y esta se convirtió en su vivienda de verano. No es, ni siquiera hoy en día, un lugar elegante ni elitista de la ciudad, pero muchos expatriados, especialmente franceses, tienen sus reductos orientales en esta parte de la Medina. Sin embargo, presumo que en aquel entonces esto no sería así. Si habéis leído el libro de María Dueñas, “Sira”, en la última parte de la novela su protagonista entra en contacto con el entorno de “la princesa” para cumplir una misión que le encomiendan desde una compañía de seguros. La autora, que creo nos muestra magistralmente los entresijos de este Tánger de la época, describe la zona casi como un arrabal, lejos de la mirada de los extranjeros, llena de basuras, polvorienta, incomprensiblemente atractiva para una persona como Bárbara Hutton.

Si paseáis por la Medina, os topareis con ella muy cerca de la Kasbah, con una blanquísima fachada por la que trepan alegremente las buganvillas. Tampoco es nada probable que lo podáis visitar por dentro ya que su actual dueña, una francesa afincada en Tánger, no es nada dada a hacer concesiones. Todo y así, la fachada no os dirá gran cosa. Lo cierto es que no parece un palacio sino un gran caserón de tres plantas con, seguro un amplio patio sombreado y oculto a las miradas en el interior, y numerosas terrazas a distintas alturas enlazadas por las distintas construcciones unidas que la componen. Por lo que he leído, tampoco sigue la vivienda un plan convencional para el norte de África. Fue construida como una serie de siete pequeñas casas nativas, que luego fueron unidas por su último propietario, el corresponsal del Times de Londres, Walter Harris, a quien Hutton se la compró por cien mil dólares de la época…

En cualquier caso, quédense con estas palabras escritas en árabe cerca de la imponente puerta de acceso “El paraíso existe, y está aquí, aquí y aquí”. Si se fijan en las fotografías aéreas que he podido conseguir de la casa, es más que probable. ¡Es fantástica!
Por cierto, que a pocos pasos de aquí os topareis con otro lugar mítico de la ciudad: el Café Baba.

 

Cambio de aires

Lo cierto es que no se sabe bien qué llevó a Hutton a estas lejanas tierras. Posiblemente una huida de su propia vida, continuamente expuesta en los medios de la época y seguida de cerca por muchos, ávidos de carnaza.        Bárbara tuvo una vida triste, llena de decepciones y traiciones, siendo el claro ejemplo de que el dinero no solo no da la felicidad, sino que su exceso puede impedir alcanzarla.

Hutton llevó una vida traumática desde su infancia hasta su muerte.

Perdió a su madre cuando tenía cinco años. Esta abandonó este mundo ingiriendo matarratas en la suite del Hotel Plaza donde residían, desesperada ante las continuas infidelidades de su marido, Franklyn Hutton, un mujeriego de manual. Después de este suceso, quedó al cuidado de sus abuelos, pero ambos murieron tres años después. Tras esto, su padre la abandonó.

¡A los doce años se convirtió en la mujer-niña más rica del mundo! Casada y divorciada siete veces, obtuvo títulos nobiliarios extranjeros, pero sufrió de la mayoría de sus maridos abusos verbales y físicos.

Sus hasta entonces tres fracasos matrimoniales, el último de los cuales era con el galán de cine Cary Grant, (quien nunca abandonó a su pareja gay), persecuciones de la prensa, y continuos ríos de tinta la llevaron en 1947 a esta parte del mundo donde posiblemente esperaba estar un poco fuera del circuito de la vida social que tan bien conocía.

Sin embargo, Bárbara no llevó una vida alejada del primer plano aquí tampoco. Pronto recuperó su agitada vida social recibiendo en su palacete a la beautiful people internacional más famosa de la época. En los anales de la ciudad, sus fiestas han quedado como las más extravagantes. Bárbara disfrutaba de la exótica liberad que prometía la ciudad «hacía fiestas con camellos, encantadores de serpientes, bailarinas del vientre y ‘hombres azules’ traídos de las montañas del Atlas de Marruecos». Incluso ella misma participaba de la fantasía presentándose en sus fiestas «como una reina nómada en un gran espectáculo de Hollywood, vestida con brillantes caftanes marroquíes, sentada en un trono y luciendo la tiara de esmeraldas de Catalina la Grande«.

Las veladas de Hutton adquirieron tanta notoriedad en Tánger que cuando ella estaba deprimida y sin ganas de fiesta, sus invitados se sentían defraudados y buscaban «el placer en otra parte». Sin embargo, todo este tren de vida y de extravagancia solo respondía a su inestabilidad física y mental. A su soledad. De hecho, su vida en Tánger fue tan desastrosa como sus relaciones. Mientras estaba en Marruecos, Bárbara estaba fuera de control. La escritora Victoria Brooks describe en una biografía sobre la rica heredera que «Bárbara estaba tan débil por los ansiolíticos y las adicciones que había que cargarla por las calles de la Medina cuando salía de su palacio».

Otro autor en el libro «Tánger: Ciudad de los sueños», dice sobre el abogado de Bárbara «Graham Mattisson ya se había alarmado seriamente por su nivel de gasto y había tomado el control de su chequera». Y es que Bárbara no parecía tener control de sus acciones. Hacía carísimos regalos a todo el que le mostraba algo de atención a modo de gratitud: sirvientes, amigos o amantes. Una generosidad desmesurada.

También hay que mencionar su lado filantrópico y caritativo, sufragando escuelas, comedores y becas. Y por supuesto, su promoción de la ciudad que contribuyó a ponerla de moda entre muchos extranjeros que no la conocían.

Otra anécdota, que nos muestra ese perfil caprichoso, obsesivo y desmesurado está relacionada con el popular refresco de cola americano. A Bárbara no le gustaba el que se vendía en Marruecos y parece que llamaba a altas horas de la madrugada al entonces cónsul general de los EEUU en la ciudad, Hal Eastman, para quejarse. Incluso trató de convencerle para que la importasen para ella sin que, lógicamente le hicieran caso. Eran conscientes de que estaba desequilibrada bajo el efecto de su personalidad bipolar la mayor parte del tiempo.

En Tánger, Hutton conoció al que sería su séptimo marido, el noble vietnamita Pierre Raymond Doan Vinh na Champassak, un atractivo caza fortunas en la ruina bastante más joven que ella, el más corto de sus matrimonios.

En 1972,  podríamos decir que llega “el estoque” o “la puntilla” a su vida de desvaríos. En España, vive un breve amorío con el torero Ángel Teruel…, acompañado del drama: Lance, su hijo, muere en un accidente aéreo.

Desde 1948 hasta 1975, Bárbara recibió a sus invitados en las apoteósicas fiestas temáticas de Sidi Housni.  El 11 de mayo de 1979, a los sesenta y siete años de edad, la princesa-condesa Barbara Hutton Mdivani Reventlow Grant Troubetzkoy Rubirosa von Cramm Doan murió de un infarto en Los Ángeles. El alcohol y los barbitúricos habían terminado por demoler su cuerpo. Aquí vivió sus últimos días, postrada en cama, apartada por completo del mundo y habiendo dilapidado una fortuna que no le trajo más que infelicidad.