Bajo las atestadas calles y majestuosas avenidas de la ciudad de la luz, se extiende una ciudad de las tinieblas, de la muerte, y del silencio donde los restos de millones de parisinos descansan esperando la eternidad. ¿Qué se esconde debajo de las calles de París? Si alguna vez te lo has preguntado, este artículo es definitivamente para ti.

Un pasado milenario

Las catacumbas de París fueron durante la época romana, unas canteras de piedra caliza de las que a partir del siglo I d.C., se extraía la piedra para construir Lutetia, la París romana. Esta piedra era de una calidad excelente y por ello siguieron en explotación durante siglos, de estas canteras partió el material para la construcción de muchos monumentos que hoy podemos ver y disfrutar en la ciudad, como por ejemplo Notre Dame o el Louvre. A las catacumbas se las conocía como “Les charrieres de París”.  Sin embargo, las cosas cambian a lo largo del siglo XVIII, cuando todos los cementerios de la ciudad, muchos de los cuales funcionaban desde el medievo, comenzaban a estar superpoblados y la ciudad no tenía donde dar sepultura a los muertos.

Se recurrió entonces no sólo a las fosas comunes sino también a llevar a cabo los entierros uno sobre otro a modo de auténticas pilas de cadáveres. Pero se hacía urgente una solución que fuese duradera pues las malas condiciones de las sepulturas hacían que las enfermedades y las epidemias asolaran la ciudad. Hemos de pensar en una ciudad pre-revolución industrial y pre-revolución francesa como las que vemos en las películas, sin red de alcantarillado ni saneamiento, donde las inmundicias se lanzaban a la calle haciendo de estas un lugar insano y caldo de cultivo de todas las enfermedades. Donde el aseo personal era mínimo y los perfumes, polvos y pelucas disimulaban el olor corporal y la calvicie inducida por la suciedad y los parásitos.

Se opta entonces por esconder el problema allí donde valga la redundancia, no pueda ocasionar problemas, trasladando los restos de todos estos cementerios a un escondite subterráneo (lo que viene a ser algo así como barrer y  esconder la suciedad bajo la alfombra, allí donde no se ve). Las autoridades de París eligieron un sitio de fácil acceso que en ese momento cruzaba París a través de la Avenue de Colonel Henri Rol Tanguy y que estaba ubicado fuera de la capital: las antiguas canteras de Tombe-Issoire bajo la llanura de Montrouge. Con el paso del tiempo esta red de túneles y pasadizos se había ido extendiendo de manera anárquica hasta que en 1774, el rey Luís XVI creó un departamento que se encargaba de su explotación y conservación.

En mayo de 1780, los muros del sótano de un mesón situado cerca del cementerio de Los Inocentes, cedieron y se derrumbaron a causa del peso del gran número de osamentas y cadáveres que reventaron su muro de carga, ya que el nivel del suelo del cementerio sobrepasaba en 2,5 metros al de las calles adyacentes tras siglos de inhumaciones. Tras este incidente, el Parlamento aprobó ese mismo año un edicto que prohibía enterrar ya más cadáveres en Los Inocentes y en todos los demás cementerios de París. El cementerio de los Inocentes se cerró definitivamente en diciembre de 1780.

Las primeras exhumaciones se realizaron entre 1785 y 1787 y se comenzó  por el cementerio de los Santos Inocentes, en Les Halles, situado cerca del mercado central (del que hace poco os hablé) ya que era el cementerio más grande de París. Tras vaciarlo de más de dos millones de cuerpos, se niveló a la altura de las calles que lo rodeaban y sobre él se extendió una gruesa capa de cal viva. La plaza Joachim-du-Bellay ocupa hoy día el emplazamiento del cementerio con la famosa Fontaine des Innocents en su centro, estoy segura de que muchos de los que hoy se sientan en sus bancos no tienen idea de que lo hacen sobre el emplazamiento del cementerio. Por cierto, permitidme una curiosidad, aquí mismo, “en el lugar más maloliente de todo el reino”, (reconvertido ya en mercado), se sitúa el nacimiento de Jean-Baptiste Grenouille, el protagonista de la novela El perfume, de Patrick Süskind.

Así, casi de modo clandestino, con nocturnidad y alevosía  para evitar molestar a los parisinos, y especialmente a la Iglesia Católica que estaba poco entusiasmada con la idea de lo que consideraban una profanación grave, los cadáveres comenzaban a tomar posesión de la única parte de la ciudad que no iba a pertenecer a los parisinos, al menos a los vivos.

Durante décadas, las antiguas canteras se fueron llenando con los despojos del resto de los cementerios de París. Se trasladaron más de 6 millones de cuerpos y restos,  a una profundidad de 20 metros (más o menos la altura de un edificio de 5 plantas), convirtiendo a las catacumbas de Paris en el osario subterráneo más grande del mundo.

A partir de 1809, las Catacumbas se abrieron al público con cita previa, el proceso parecía haberse detenido. Pero en 1840, cuando Napoleón III y el arquitecto Barón Haussmann comenzaron las grandes renovaciones que transformarían para siempre la ciudad de Paris, las transferencias de tumbas se reanudaron pues para la construcción de los amplios boulevares proyectados había que hacer espacio, y esos viejos cementerios estorbaban. Las catacumbas recibieron huesos hasta 1859. Entre ellos, los de famosos como Charles Perrault, Jean de La Fontaine, Lavoisier, Danton o Robespierre.
Durante la revolución francesa y durante la segunda guerra mundial con la resistencia francesa, las catacumbas ofrecieron refugio no solo a los muertos, sino también a aquellos que trataban de huir del descanso eterno. Incluso los alemanes llegaron a tener un búnker en un tramo de ellas.

 

La visita

Las catacumbas de la ciudad de París son el reino de los muertos, de las leyendas, del misterio, y hay que recorrerlas sabiendo que durante el breve espacio de tiempo que dura la visita somos sólo invitados de un mundo que no es el nuestro, sino de los que ya no lo habitan, al menos físicamente. Descenderemos del Paris palpitante al París que ya no late.

De los más de 300 kilómetros de extensión que tienen las catacumbas, apenas se puede recorrer 1.5km, de los cuales sólo 800m pertenecen a la zona del osario. El resto no está abierto a las visitas y es sabido que perderse en ellos puede significar no encontrar el camino de vuelta.
La primera parte del recorrido es por las antiguas canteras, la primera estancia que veremos se conoce como el “Taller”,  con pilares de piedra de época medieval. Recorreremos la sala en la que está esculpida en piedra el puerto de Mahon esculpido por Antoine Decure, un antiguo combatiente del ejército francés reconvertido en inspector de la cantera, esta es conocida como la Galería de Port Mahon. Tras esta sala, el “Baño de los pies de los canteros”. Este baño, que no es en realidad un baño, era un caudal de agua que transcurría de forma subterránea y que cumplía con una función práctica pues aquí se hacía y se mezclaba  el cemento necesario para los trabajos de albañilería.

La sala anterior al osario explica de manera detallada la formación del mismo. Y al fin… el osario, pasamos a recorrer los tramos en los que no encontraremos restos de vida alguna.

“Árrete, c’est ici l’empire de la mort” es la leyenda que nos recibe en el dintel de la puerta custodiada por dos pilares neobabilónicos que da acceso al osario. “Detente, he aquí el imperio de la muerte”. Esta cita encabeza una larga serie de sentencias, poemas y otros textos profanos o religiosos que nos saldrán al paso y que nos hacen pensar en la fragilidad de la vida humana y la inmutabilidad de la muerte, y que confieren una dimensión meditativa al recorrido.

Los tétricos muros se componen de restos óseos apilados.  Ambiente lúgubre, olor a humedad un tanto particular, temperatura ambiente de 14 grados que nos empieza a parecer algo fría, sí, no hay duda de que hemos entrado en el osario. Allí descansan millones de huesos apilados y clasificados por el cementerio de origen, que recubren los muros desde el suelo hasta el techo. A nivel de calle estaremos en el distrito formado por la avenida René Coty, y las calles Hallé, Dareau y d’Alembert.

También veremos aún dentro del osario la “lámpara sepulcral”. Esta “lámpara” fue el primer monumento levantado en las catacumbas, era el lugar en el que los canteros mantenían siempre una llama encendida para permitir la circulación del aire. Justo antes de terminar la visita, en la Cripta de la pasión se encuentra el impactante “Barril”, un enorme conjunto de huesos que recubren un pilar dando lugar a esta curiosa formación.

Información práctica

Las catacumbas abren diariamente de 12.00 a 13.30 y de 19.00 a 21.30. Martes a Domingo.
La entrada general cuesta 13€. (2019).
Dirección:  Nº1 Avenue du Colonel Henri Rol-Tanguy 75014 París. Esta dirección se encuadra dentro del Distrito 14, concretamente en la Plaza Denfert-Rochereau.
Cómo llegar:  En transporte público Metro Líneas 4 y 6 – Parada “Denfert-Rochereau” y en bus con las Líneas 38 y 68.

Algunos consejos para la visita

Lo especial de este lugar hace que haya que tener en cuenta algunas cosas para el adecuado disfrute de la visita.

– Hay que tener en cuenta que hay 131 escalones de bajada y 112 de subida, por una escalera muy estrecha, lo que no lo hace recomendado para personas de movilidad reducida o situaciones similares. Existe riesgo de caída: suelo irregular y resbaladizo, pasillos estrechos y luz tenue.
– Está desaconsejada, (no prohibida), la visita a quienes padezcan problemas cardíacos o respiratorios. Tampoco recomendado a las mujeres embarazadas y a los claustrofóbicos. Desaconsejada también para personas especialmente sensibles o para los niños (en todo caso los menores de 14 años deberán ir siempre acompañados de un adulto)
– La visita dura sobre una hora…y  no hay consignas ni baños públicos.
– Está prohibido comer, beber o fumar, tomar fotografías con trípode, tocar ninguno de los huesos, y llevar bolsas o mochilas de más de 30 x 40 cms en su interior.
– La temperatura de las catacumbas se mantiene más o menos constante todo el año en torno a los 14º, debemos ir preparados para temperaturas inferiores en su interior especialmente en verano.
–  Las fotografías durante la visita están permitidas sin hacer uso del flash ni del trípode.
–  Por último, y aunque posiblemente a nadie normal se le pasaría por la cabeza, cualquier intento de sustracción y/o deterioro o manipulación de los huesos, será puesto a disposición judicial.
–  Los bolsos se registran a la salida

A modo de conclusión

Dicho todo lo anterior tras esta visita habremos aprendido que técnicamente es posible atravesar París completamente bajo tierra, aunque no en la práctica porque la gran mayoría de los túneles tienen prohibido el acceso público.  También que esto no es impedimento para que muchos exploradores urbanos, sobre todo locales, profundicen en los intestinos parisinos. Estos, conocidos como cataphiles han hecho de la exploración de las profundidades de esta ciudad subterránea su pasión. Obviamente, no están interesados en la parte que se muestra al público, sino en los casi 300 kilómetros restantes. Los más veteranos han estado explorando los túneles durante años, incluso décadas. Hay incluso una brigada especial de la policía que los persigue, y son conocidos como los cataflics.

En la prensa hay noticias relacionadas con las catacumbas de lo más variadas y extravagantes, investigadores paranormales, gente desaparecida que nunca más vuelve a ver la luz, misas negras, macroconciertos subterráneos, rescates, exposiciones y hasta gente que vive en los túneles.

Todo entra dentro de lo posible porque la policía urbana no patrulla bajo tierra y lo que hay allá abajo es un auténtico laberinto. Además existen decenas de accesos incontrolados a los túneles desde todos los puntos de la ciudad a través de alcantarillas, las estaciones de metro etc.

No sé si con toda esta información os he animado a visitarlas o todo lo contrario, en cualquier caso, mi intención es meramente divulgativa, y recordad que no hay que tener miedo de los muertos, sino de los vivos.