Durante las décadas de los sesenta y setenta, miles de jóvenes se embarcaron en un viaje iniciático que les llevaba a atravesar sin apenas medios ni casi información una buena parte del territorio asiático hasta alcanzar Katmandú. Recorriendo en viejas furgonetas o en auto stop los miles de kilómetros que suponía atravesar Asia central a través de Pakistán, Afganistán, la India, Nepal, Turquía e Irán. Y a la búsqueda de una idealizada libertad lo más lejos posible de la sociedad capitalista occidental que intentaba imponerles un modelo social burgués.

Hoy traigo una entrada nostálgica que me pareció interesante de compartir a partir de la lectura de la novela del mismo nombre de Rene Barjavel, “Los caminos de Katmandú” publicada en 1969 con gran éxito.

 

La motivación

Tópicos y consignas como el “amor libre”, el pacifismo, el ecologismo, y por qué no, la experimentación con las drogas fueron un poderoso imán para todos aquellos que se embarcaron en esta aventura. La ruta de Londres a la capital de Nepal fue la más celebrada, aunque muchos viajeros se detuvieron en India o continuaron hacia el sudeste asiático. Hubo incluso un “Magic Bus” o Autobús Mágico en los años setenta, que hacía la ruta por tierra a Katmandú desde Londres y Amsterdam y que debía de ser una tortura para los riñones porque tardaba algo así como un mes en llegar a destino. Pero en el sendero hippy esto era un detalle sin importancia, pues uno de los elementos clave era viajar lo más barato posible, sobre todo para extender la longitud del viaje todo lo posible fuera de casa.

Con el tiempo esta ruta se acabó conociendo como la “Hippie Trail”, aunque hasta la segunda mitad de la década de 1960, muchos de los que la siguieron no se identificaban a sí mismos como “hippies”. Sin embargo, el nombre comenzó a reemplazar al inicialmente conocido como  “el camino a Katmandú”.

Lo que distingue al sendero de viajes anteriores fue la naturaleza y las intenciones de sus participantes. Como señala Rory MacLean en Magic Bus, su historia del fenómeno, se trata de “el primer movimiento de personas en la historia que viajan para ser colonizados en lugar de colonizar”. Porque otro de los fines de esta aventura era sin duda impregnarse de otras culturas, mezclarse con la población y adoptar las costumbres locales, la comida, el estilo de vestimenta nativo y la interacción con los lugareños. Pero, por supuesto, también estaban allí por una razón muy específica: la marihuana. Algo que definió a la “ruta hippie” fue que conducía a los principales centros productores de hachís del mundo.

A finales de la década de 1960, cada vez más estudiantes en busca de año sabático y hippies en busca de la “iluminación”, comenzaron a vender sus colecciones de discos y ahorrar para hacer el viaje de su vida hacia el “oriente místico”. Los Beatles fueron en parte culpables pues como los “influencers” de masas que eran, habían realizado una visita muy publicitada a la India en 1968, que se publicaba en todas las revistas juveniles de la época. Sin Internet ni guías Lonely Planet, los billetes baratos y los operadores turísticos se anunciaban con entusiasmo en la prensa clandestina y las revistas de música.

 

Estambul

Era una de las paradas clave del viaje.

Casi todas estas rutas recalaban en Estambul, encrucijada de caminos como antes lo fue en la ruta de la seda. La antigua y exótica capital a caballo entre culturas y continentes era un poderoso imán para todos estos jóvenes. Suponía, además una especie de destino intermedio que les permitía aclimatarse a lo que el destino les aguardaba de un modo gradual.

En la zona más turística de la ciudad había un local frecuentado por viajeros de poco presupuesto donde estos compartían información, experiencias, encontraban compañeros de viajes, recogían y dejaban mensajes, se cambiaba moneda y demás. Era el punto de encuentro por excelencia en la ciudad pero en las principales ciudades del recorrido hubo un lugar así. En Estambul estaba situado en Divanyolu Cadessi, cerca del hipódromo, entonces como hoy se llamaba Lale Restaurant, conocido entre los viajeros como The Pudding Shop, y pocos lugares hubo tan famosos como este en la ruta entre Estambul a Katmandú. Si habéis visto el “Expreso de medianoche” la cafetería aparece en la película. Sigue abierta y regentada por los mismos propietarios, eso sí, menos pragmática de lo que nos gustaría porque los mochileros que hoy la llenan viajarán con mochila y poco presupuesto, pero esperan encontrar todas las comodidades y las ventajas que permite la tecnología. Tan solo unas fotos que amarillean en las paredes recuerdan esa época.

 

 Su declive

Este camino iniciático llegó a su fin en 1979, cuando los cambios políticos en países anteriormente hospitalarios no hicieron nada recomendable su tránsito: la revolución islámica en Irán, marcada por su anti-occidentalismo acabó con la bienvenida a los viajeros. La invasión rusa de Afganistán cerró el camino por tierra a los viajeros occidentales. Nepal también empezó a partir de 1975 a restringir el acceso de estos jóvenes viajeros porque el centro de Katmandú se había degradado debido a las consecuencias del abuso de las drogas y la mendicidad de muchos “vagabundos intrépidos” que se habían quedado tirados en el país del techo del mundo sin un chavo. Líbano estaba en medio de una guerra civil y las tensiones en Cachemira dejaron de hacer atractivo el viaje por esta zona.  Sin olvidar la más que evidente presión de los países de origen de estos jóvenes nómadas que pidieron un endurecimiento de las medidas y la permisividad a los países receptores, ya que para muchos las consecuencias del abuso de las drogas, las enfermedades, la falta de higiene y la mala alimentación, hicieron que este ansiado viaje no tuviera retorno. Las embajadas extranjeras en estos países llegaron a estar realmente hartas de buscar y enviar a casa a jóvenes que o bien se quedaban sin medios para regresar, u otros que simplemente dejaban de contactar generando la lógica preocupación en sus familiares.

 

“The Serpent”

En este contexto tengo que mencionar que se está ofreciendo en una conocida plataforma de películas y series de TV una serie que retrata bien esa época, se llama “The Serpent” y narra la carrera delictiva de Charles Sobhraj, que tuvo mucha notoriedad debido a una serie de asesinatos que perpetró durante la década de 1970 a lo largo del “sendero hippie” por el sur de Asia. Sobhraj mató a más de doce personas simplemente para mantener su estilo de vida transcontinental. Con buena apariencia, y don de gentes, Sobhraj se hacía amigo de aquellos que encontraba en sus viajes antes de robarles y deshacerse de ellos, generalmente después de haberlos drogado. Luego robaba las identidades de sus víctimas, viajando con sus pasaportes para moverse de un país a otro sin ser detectado. Los jóvenes idealistas, los mochileros confiados y los fumadores de hachís buscaban perderse, por ello eran víctimas fáciles para él. Sobhraj se aprovechó de esta situación para mantener su carrera delictiva de manera impune y asegurándose de que algunos de ellos nunca fueran encontrados.

Actualmente, la ruta hippie está viviendo un nuevo auge gracias a los vuelos de bajo coste y las mayores facilidades para viajar. Hay diversas rutas y muchas más opciones, información, incluso la posibilidad de conseguir empleo temporal a lo largo del camino aunque no es menos cierto que el camino original, que muchos creyeron que conduciría a un mundo mejor, en hoy un camino polvoriento pero mucho más peligroso que entonces.

Este modo de viajar se ha reinventado y adaptado a los tiempos para que la aventura y las ansias de explorar el mundo sean posibles. El perfil del viajero no es el de un hippie sino el de personas que buscan otro modo quizás más auténtico y consciente de viajar, pero pensándolo bien, posiblemente la motivación y los ideales no sean tan distintos de la que décadas atrás movió a esos miles de aventureros algo ilusos algo románticos a partir hacia lo desconocido: los sueños de libertad, las ganas de aprender, compartir, crecer y enriquecerse como persona.