Descubriendo el valle de Kathmandu


En el imaginario popular, Nepal es uno de esos remotos territorios que se asocian con la aventura, el misticismo y el exotismo, un Shan-gri-la nutrido por las apasionantes  vivencias de expediciones en pos de coronar sus altas cimas, por leyendas tan atractivas como la del hombre de las nieves, o por tradiciones que han llegado a nuestros días tan sorprendentes como las de la diosa niña o Kumari. Pero a pesar de todas esas referencias mentales, posiblemente no tantos conozcan su localización. Fronterizo con dos gigantes como India y China, y además con el Tíbet, Nepal es una franja de territorio alargada y estrecha que comienza en los confines septentrionales de la llanura del Ganges (el Terai) y termina abruptamente en el Himalaya. Dentro de su reducido territorio se encuentran varios parques naturales y 8 de las 14 cumbres más altas del planeta, por lo que el sobrenombre de “el techo del mundo” parece más que acertado.

Quién iba a pensar que precisamente esto, su abrupta geografía se convertiría  en el motor de desarrollo de este pequeño reino entre montañas desde que allá por los años 50, el país se abriese al exterior con las primeras grandes expediciones al Everest. Desde entonces, el país ha conseguido poner fin a años de guerra civil, conflictos enquistados y a dar una cierta estabilidad a su nuevo gobierno. La población de unos de los países más pobres del mundo comienza a soñar con el progreso.

Pero, al margen de su poderosa geografía, Nepal es a su vez un interesante crisol de religiones, territorios y gentes, que engloba a más de 30 grupos étnicos. Mitad indio, mitad tibetano, hinduista y  budista, ambas religiones mayoritarias no sólo conviven armónicamente sino que es difícil establecer dónde comienza una y termina  la otra porque tanto unos como otros comparten deidades y rituales. Y no olvidemos que Buda (Siddarta Gautama)  nació aquí, en el valle de Katmandú, concretamente en Lumbini, en el año 550 a.c.

El valle de Katmandú es el legado de la dinastía Malla y el pueblo newar, cuya esencia  guarda intacta. Con ellos, Nepal vivió un siglo de oro (XV) en lo referente a las artes. Todas las principales ciudades-estado del valle, incluyendo Katmandú, su capital, tenían a su propio monarca, de dicha dinastía, y competían entre ellas en esplendor. Esplendor que ha sido reconocido por la Unesco, pues todas las ciudades del valle son Patrimonio de la Humanidad desde 1979. Dos mil setecientos templos y otros monumentos están reunidos sólo en el valle de Katmandú que guarda bellísimas ciudades medievales en sus cascos antiguos.                                                              Los newar hoy en día siguen siendo los principales moradores del valle y están divididos en más de setenta castas.

 

Kathmandu

En torno a la plaza Durbar de Katmandú, conocida como Hannuman Dhoka, por la cercanía del palacio real llamado así, se despliega el  casco histórico de la ciudad, plagado de vetustos edificios de ladrillo y madera, con ventanas y vigas artesonadas. Decenas de bellos edificios del S.XII al S. XVIII entre los que destacamos el Palacio Real, Hanuman Dhoka, el templo de Kasthamandapa, el templo de Jagannath, junto a la terrorífica imagen-escultura de Bhairava  o la casa de la diosa-niña, o Kumari, ( Kumari Bahal) en estilo newarí por mencionar algunos.

Recluída en este bellísmo edificio la kumari, reconocida como una de las reencarnaciones de la diosa Durga, Taleju para los nepalíes, es adorada y agasajada hasta el momento en que se convierte en mujer, y, por tanto deja de ser pura.

Cuando esto ocurre, entonces se busca, entre las niñas del valle de familias newaríes a su sucesora, en la cual se buscan las 32 perfecciones que la diosa tiene que tener y a la cual se le hacen una serie de pruebas que determinarán si ella es la nueva kumari. Quién sabe si estando de visita en la ciudad coincide que es una de las ocasiones en que esta abandona bajo palio el recinto para recorrer la ciudad en procesión.

Kathmandú es una muestra de los contrastes y encantos de Nepal. Sus callejuelas esconden entre el bullicio de comercios, porteadores y rickshaws multitud de hallazgos, bellos templos y antiquísimos edificios. Una ciudad rebosante de actividad que nos sorprende, pues, a diferencia de los cascos antiguos de Europa, pensados para el turismo, y llenos de negocios con encanto pero poco poblados, en Katmandú al igual que el resto de las ciudades del valle los edificios están habitados, y uno sólo debe dirigir sus ojos hacia las ventanas de los mismos para ver su modo de vida. Las ropas del hogar aireándose al sol, las mazorcas de maíz o guindillas secándose en los marcos de las ventanas, señoras observando la actividad de la calle…etc. En Nepal el viajero no se cansa de descubrir, de maravillarse y de emocionarse. Pasear por entre sus estrechas calles y vagar sin mirar un mapa es como trasladarse dos milenios atrás. Citando a René Barjavel en su novela Los caminos a Katmandú: “Quien llegue a esta ciudad no reconocerá lo aquí escrito. Quienes sigan los caminos que llevan allá no identificarán los caminos de este relato. Cada uno sigue su camino, que no es igual a ningún otro, y nadie desemboca en el mismo lugar”.

En Swayambhunath, a escasos kilómetros de Katmandú, encontramos la estupa budista más antigua del país. Swayambhunath se yergue desde una plataforma en lo alto de una colina desde la que hay unas excelentes vistas del valle, rodeada por pequeños templos hindúes, monasterios y pintorescas casas de madera y piedra. En su base estanca se guardan tesoros budistas de incalculable valor como escrituras y reliquias y se haya rodeada por molinillos de oración que permiten altruistamente difundir sus mantras cuando se les  hace girar. Su místico ojo, símbolo del país, parece  controlar  los cuatro puntos cardinales.

Del vértice de la estupa surgen cientos de banderillas de oración  que al ser agitadas por el aire esparcen las plegarias. Una idea muy sencilla pero a la vez muy espiritual.

Dicen que su origen se pierde en la noche de los tiempos, y está datada en los primeros siglos de nuestra era.

Al igual que Swayambunath, la pequeña aldea de Boudanath alberga la mayor estupa budista del mundo, cuyo ojo se eleva y ve desde kilómetros de distancia. Enclavada en el corazón del barrio conocido como “pequeño Tibet” por la cantidad de exiliados que no han parado de llegar del Tibet desde que China invadiese el país, en el año 59 es, sin duda una visita indispensable y centro de la cultura tibetana en el país. Las calles que rodean la descomunal estupa serpentean entre humildes talleres artesanos, tenderetes y negocios de alimentación. Los diversos oficios se ofrecen a pie de las polvorientas calles, zapateros, barberos, modistos…De repente el aire nos trae el eco grave de una trompeta de oración, y los sentidos se agudizan, intuyendo que de un momento a otro su perfil asomará por algún lado. Y ahí está, enmarcada y escondida por los edificios que la rodean se ve surgir su cúpula dorada y su singular ojo. El aire huele a incienso y una colorida marea humana  rodea la estupa en el sentido de las agujas del reloj para recibir esa energía positiva que se cree desprende la misma.

Boudanath recibe peregrinos de India, Tibet y Nepal, y muchos de ellos caminan cientos de kilómetros, a veces miles atravesando altos puertos de montaña en durísimas condiciones meteorológicas, y haciendo penitencia, lo que implica postrarse y levantarse miles de veces hasta llegar aquí. Se puede entrar en alguno de los monasterios que la rodean y desde sus terrazas disfrutar de unas  excelentes vistas de todo el conjunto. Al anochecer la mística se acentúa pues en torno a la gran estupa no hay luz eléctrica y las velas le toman el relevo al recién ocultado sol.

Pero si Boudanath es el corazón budista de Nepal, Passhupatinah es el corazón hinduista, y es que no podemos olvidar que pese a la convivencia o simbiosis que existe entre ambos credos, Nepal es el único país del mundo que reconoce como religión oficial el hinduismo.

Passhupatinah, (que según el Rigveda data del año 400 a.c) está consagrado a Shiva, y es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Uno puede observar los rituales y cremaciones que se producen en los ghats del río Bagmati y el incesante ir y venir  de los  peregrinos. Decenas de extravagantes santones y fieles viven y pululan por el recinto, al que los no hinduistas sólo podemos acceder en parte.

Pero Katmandú no sólo ofrece un apabullante  patrimonio cultural, pasear por Thamel y descansar o comer en alguno de los muchos lugares que encontraremos allí es otra clase de experiencia. Pequeños hoteles, tiendas, librerías, artesanías,  agencias de viajes que organizan trekkings, es un lugar excelente para acabar el día tras visitar los alrededores, y para conocer gente de todos los rincones del mundo que se sienten aquí como en casa.

 

Patan y Bhaktapur

Patán, antaño Lalitpur es la ciudad más antigua del valle (299 a.c).

Separada de la capital por el río Bagmati la entrada al casco antiguo nos hace retroceder varios siglos  en el tiempo. Diríase que es una ciudad petrificada, un escenario de película si no fuese porque el tráfico que rodea la plaza nos recuerda que estamos en el siglo XXI.

Entre sus atractivos turísticos, su Plaza Durbar declarada Patrimonio de la Humanidad, resulta un gran centro para el turismo cultural rodeada de magníficos monumentos, y es que cada uno de los templos y esculturas tienen sus leyendas mágicas que refuerzan su misticismo. El impresionante conjunto arquitectónico que aquí se encuentra exhibe esculturas talladas en piedra, soberbios dinteles, puertas de bronce, templos y monasterios, patios, estatuas, ofreciendo un fantástico tour  visual. En torno a su plaza Durbar hay muchos edificios notables, entre ellos el Palacio Real o las estupas erigidas por el rey indio Ashoka en el S.III. O el famoso templo de las ratas, o Karni Mata. Los lugareños, descansan sentados en los arcos y escaleras de los templos, y las vecinas se reúnen en alegre tertulia.

Bhaktapur es la tercera ciudad del valle de Katmandú, y también  forma parte del conjunto Valle de Katmandu, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1979.

Fundada en el siglo XII, dominó el valle hasta el siglo XVI pues Bhaktapur tenía una situación privilegiada en las rutas comerciales  entre India y Tíbet a través del Himalaya. Esto significó prosperidad y crecimiento para la ciudad, así como intensa vida cultural. Los constructores de templos desarrollaron su propio estilo de pagoda en varios pisos que fue después extendido desde Tíbet a Japón, y un claro ejemplo de este estilo lo tenemos en el templo de Nyatapole.

Su atmósfera única es difícil de olvidar. Situada a 15 kilómetros de la capital, es, sencillamente una maravilla. Ciudad medieval de calles adoquinadas y plazas, a cada paso nos sorprenden escenas cotidianas propias de otra época, cerámica secándose al sol, mujeres lavando ropa en las fuentes, aventando el arroz, gallinas a sus anchas por las calles o fachadas adornadas con los ajos, mazorcas y guindillas…y es que esta población artesana es además  el granero de Katmandú, a la que surte de diversos artículos, entre ellos frutas y vegetales.

En un tranquilo deambular por sus calles peatonales se descubren artesanos de la forja, la madera, y edificios tan singulares como los que rodean su famosa plaza Taumadi, con el altísimo templo de Nyatapole o el templo de Bhairavnath, de originales vigas talladas en forma de mujeres con los brazos en aspa. Pero lo mejor, sin duda es el ambiente que se respira. El bullicio y actividad de un pueblo de montaña en día de mercado convive con el viajero sin prisas, ese que nada más llegar ya hace suyo este lugar. No es de extrañar, que los hippies de los setenta llegaran al valle y ya no quisieran marchar.

Al margen de estas ciudades las cuales de por sí sólo ya justifican esta visita cultural, saliendo de Katmandú enseguida nos encontramos inmersos en la vida rural y en la pre-cordillera del Himalaya. Bien merece la pena una excursión para ver el exuberante paisaje de terrazas de cultivo del arroz y la forma de vida autóctona. Entre los campos de arroz cultivados se ven las casitas diseminadas de cuyas chimeneas sale humo, los campesinos de indeleble sonrisa, los animales de granja, pequeños huertos, no hay duda de la belleza escénica de estas tierras.  Pero sin duda, la visita al valle de Katmandú no estaría completa sin un vuelo panorámico sobre las cumbres más altas de la tierra. Hay varias empresas que ofrecen este servicio volando en un pequeño jet stream que paralelo a la franja nepalí nos acerca a los magníficos picos nevados, ciertamente algo que uno sólo puede hacer una vez en la vida. Pigferago, Numbur, Pumoki, Melungtse, Nupse, Lhotse, Gauri Shankar, y por supuesto el mítico Sagarmatha, o Everest son algunos de los picos que se pueden contemplar.Como bien dicen en su publicidad: “No escalé el Everest, pero lo toqué con el corazón”.

Por Ana Morales © Copyright 2012- Todos los derechos reservados

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