De entre las pocas cosas buenas que han tenido las restricciones del Covid pienso que una de ellas ha sido precisamente el que nos ha obligado a movernos más localmente. Todos nos hemos puesto a descubrir o redescubrir aquello que tenemos a nuestro alrededor, (que suele ser curiosamente lo más desconocido, además) para llevarnos en muchos casos agradables sorpresas como esta de la que hoy os escribo: El Acebuchal. Hasta el verano pasado no sabía que existía: una minúscula pedanía de apenas treinta casas y dos calles entre las localidades de Frigiliana y Cómpeta, dos de los pueblos blancos de Málaga que ya os he recomendado visitar en alguna otra entrada del blog.

Málaga capital se encuentra a tan solo 60 km, pero El Acebuchal está a un año luz de distancia del turismo masivo de la Costa del Sol.

 

Un pueblo fantasma

Pues sí, El Acebuchal casi que pasaría desapercibido si no lo fueseis buscando porque, de hecho, el pueblo puede decirse que volvió a existir después de más de 50 años abandonado y despoblado. Y no por lo que es ya una tendencia imparable en muchas regiones rurales españolas: la falta de oportunidades o de servicios que hacen muy difícil la subsistencia, no, la historia del Acebuchal creo que es bastante atípica. En el verano de 1948 la población del El Acebuchal fue desalojada por orden de las autoridades. Eran entonces unos doscientos vecinos y cuarenta casas. La Guardia Civil sospechaba que allí se alimentaba y se daba cobijo a los maquis, el grupo guerrillero antifranquista, así que optó por echarlos a todos. En verdad, los aldeanos quedaron literalmente atrapados entre el fuego cruzado y acosados por ambos lados y fueron los que más salieron perdiendo pues tuvieron que dejar sus tierras de labranza y sus casas para empezar de nuevo en los pueblos cercanos.

El Acebuchal fue agonizando y desapareciendo por el paso del tiempo, los elementos y la falta de cuidados. Semiderruidas, las casas recordaban a un cementerio descarnado e invadido por la maleza. Los propios dueños se llevaron todos los elementos constructivos aprovechables para poder reconstruir una nueva vivienda fuera de allí.

Además, con las nuevas carreteras su función de cruce de caminos para los arrieros de paso entre las provincias de Granada y Málaga también se perdió. El Acebuchal era parada y fonda para aquellos que intercambiaban el pescado fresco capturado en la costa y los cultivos locales, incluidos los tomates y las pasas, por garbanzos, trigo, lentejas y otros productos que no se encuentran fácilmente en la zona.

 

El “renacimiento” de El Acebuchal

En 1998 y tras 49 años de abandono que no de olvido, la familia García Sánchez y otros nostálgicos descendientes de los antiguos propietarios decidieron comenzar a restaurar la aldea y con el tiempo,  otras familias de Frigiliana que también tenían raíces en El Acebuchal, siguieron el ejemplo de Antonio, restaurando con mimo las viejas casas familiares. Y todos ellos, siguiendo una arquitectura común con raíces moriscas que perdura en el casco antiguo de la mayoría de las poblaciones cercanas.

Actualmente, hay más de una treintena de casas rehabilitadas, con fachadas blancas encaladas, calles peatonales bien adoquinadas, arriates de flores y macetas adornando las calles.

Con solo un puñado de residentes permanentes, la mayoría de las personas que se ve por las calles son visitantes, excursionistas o turistas que se alojan temporalmente en alguna de las propiedades de alquiler del pueblo, convertido ahora en un foco de interés para el turismo rural. Las casas se han convertido en una fuente de ingresos extra, ya que en su mayoría se alquilan como alojamientos rurales para aquellos que desean huir del mundanal ruido, sin cobertura móvil y sin señal de televisión. De hecho, hasta 2003 tampoco había electricidad. La calma, el silencio, y el magnífico entorno natural que rodea El Acebuchal, lo convierte en un lugar privilegiado para una escapada relajante, un pequeño paraíso alejado de la presión urbanística de la Costa del Sol.

El campo cercano a la aldea aislada está casi desierto, excepto por las ruinas de algunos cortijos abandonados. Hay profundos barrancos, arroyos, laderas cubiertas de pinos y riscos rocosos en las cimas de las montañas que llegan hasta el cielo azul.

La principal actividad en El Acebuchal es precisamente no tener actividad. Parar, descansar, relajarte bajo el sol, escuchar el aire entre los árboles. Como he dicho, son dos calles y poco más, y no hay mucho para hacer salvo que seas aficionado al trekking. Por ello, mencionar para los que simplemente se den una vuelta por allí que hay un estupendo restaurante en el que quedarse a almorzar: El Acebuchal. Carnes de caza y guisos con los ingredientes autóctonos son su principal oferta. También está “The lost Village”, un B&B donde se pueden tomar tapas y sándwiches que resulta también muy agradable.

 

Cómo llegar:

Hay dos rutas principales a El Acebuchal, pero yo desconozco la segunda que parte desde Cómpeta, por ello, aunque tengo la información no os hablaré de ella.

La ruta más popular y más corta es desde el pueblo de Frigiliana. Se sigue la carretera que sale del pueblo hacia Torrox, y después de dos kilómetros veréis la señal de desvío a El Acebuchal a la derecha. Esta carretera está asfaltada, aunque bastante perjudicada, y es de sentido único. El último tramo, unos 1500 metros, es una pista de tierra que nos obliga a ir con cautela. Es sencillo.

Una vez en el pueblo, se puede aparcar pasado el restaurante, justo delante de la Capilla de San Antonio.

 

 


 

Ana Morales

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