El sastre volador y otras historias del viejo Paris


Creo que una de las cosas que hace a París tan atractiva a los ojos del visitante es quizás, esos dos aspectos de la realidad que se solapan y conviven sin conflictos perfectamente integrados: su historia apasionante, por doquier, y su presente vibrante.

Pienso que. además, se da la circunstancia de que todos, incluso si nunca antes habíamos estado allí, ya conocíamos por el cine y la literatura multitud de historias y de anécdotas de la ciudad. Cuando uno por fin las ubica sobre el terreno, entiende porqué Paris tiene tantos adeptos y porqué es una de las ciudades más visitadas del mundo.

Hoy me apetece contaros curiosidades y, por qué no, historias del viejo París, pero no cualquier historia, sino las que están relacionadas con los principales monumentos de la ciudad.



Quién no se ha sorprendido al estar a los pies de la Torre Eiffel y ver la impresionante estructura que descansa elegantemente sobre sus cuatro robustas patas de acero? Quién no ha pensado al contemplar a este icono de la ciudad “no la imaginaba así”, o, “la imaginaba más pequeña o más grande”?. Pues bien, incluso si no subís a ella, a su primer balcón/mirador, o no echáis una postal en su oficina de correos, o no cenáis en el exclusivo restaurante “Le Jules Verne.” seréis conscientes de que este lugar atrae como un imán a perturbados y gentes con ideas suicidas, por lo que todas las medidas de seguridad son pocas para evitar desgracias. Una de ellas, del todo evitable, la protagonizó el sastre Franz Reichelt, obsesionado en perfeccionar un paracaídas con el fin de que los pilotos de combate tuvieran oportunidad de sobrevivir en caso de accidente.

En el año de 1911, el Coronel Lalance escribió al Aéro-Club de Francia, ofreciendo un premio de 10.000 francos por un paracaídas de seguridad para los aviadores. En 1912, en virtud de que no hubo ganador se dobló la recompensa. El concurso estipulaba que el paracaídas debía pesar menos de 25 kilogramos. El diseñado por Franz Reichelt pesaba unos 70 kilogramos y medía 6 metros cuadrados. Mejorándolo consiguió reducir el peso hasta los 9 kilogramos y ampliar su envergadura a 32 metros cuadrados.

En un inicio, como prueba, lanzaba un maniquí desde el quinto piso de su estudio de París. La prueba fallaba por alguna razón, y Franz Reichelt atribuyó los fracasos de las pruebas realizadas, a la corta distancia de la caída. Necesitaba un lugar de mayor altura para ver el desempeño del paracaídas, y qué mejor lugar para ello que el edificio más alto de su tiempo: La Torre Eiffel. Las primeras pruebas fueron realizadas con maniquí, a los cuales lanzaba desde una altura de 57 metros, desde el primer piso de la Torre Eiffel. Pero el paracaídas seguía sin funcionar bien. Franz Reichelt no pudo culpar a la altura, atribuyó lo sucedido a que los maniquíes, (lógicamente) no tenían nociones del funcionamiento del paracaídas, por lo cual estos no se desplegaban en su totalidad. Fue entonces cuando tomó la decisión de hacer la prueba el mismo. Consiguió los permisos que le permitieran el salto y a principios del mes de Febrero de 1912 anunció que llevaría a cabo en breve un experimento de la Torre Eiffel para demostrar el valor de su invención. El 4 de Febrero de 1912 a las 8:00 am, Franz Reichelt subió a la torre con sus dos amigos y un camarógrafo que se quedó a grabar el salto desde abajo. No hubo poder humano que impidiera que Franz Reichelt hiciera la prueba personalmente. Estaba decidido. El paracaídas, como era de esperar, no se desplegó: y se estrelló contra el suelo helado a los pies de la torre.                                     Se hizo una medición del impacto, fueron 14 centímetros de profundidad. Aquí podéis ver el vídeo que se filmó entonces en el que se aprecia el impacto…

Otro de los sitios emblemáticos de París, es, sin duda, la celebérrima Plaza de la Concordia, un lugar muy visitado y lleno de simbolismo. En esta plaza, se ubica el también famoso obelisco egipcio regalado por el último virrey otomano a la nación francesa.  Cuando visité hace algunos años el templo de Luxor, el guía ya nos comentó que algunos de los obeliscos habían poco menos que sido “robados” por las potencias europeas, las cuales habían desarrollado las principales excavaciones arqueológicas, y, ante la falta de regulación, de paso el expolio de buena parte de los hallazgos conseguidos. Realmente este guía nos decía la verdad, lo podemos comprobar hoy en día en cualquier museo de arte egipcio del mundo, y por ello, también, algunos recientes movimientos como el del egiptólogo Zahi Hawass, que inició en 2010 una campaña para que el obelisco fuera retornado a Egipto, junto a otras piezas clave de la historia egipcia, como la piedra Rosetta, el zodiaco de Dendera y la estatua de Ramsés II.

Sin embargo, en lo que se refiere al obelisco no hubo expolio alguno. Este bello obelisco fue uno de los dos regalados a Francia en 1830 en reconocimiento al aporte del egiptólogo Jean-François Champollion, considerado el padre de la egiptología moderna al descifrar los jeroglíficos con la piedra Rosetta. Sólo uno de ellos llegó a Francia, y esta regalaría a Egipto un reloj en agradecimiento, que adorna hoy día el patio de la mezquita de Mohammed Alí, en la ciudad de El Cairo pero, que según se dice, nunca funcionó.

La cosa es que este punto de la plaza fue el lugar en el que estaba situada durante la Revolución francesa, la guillotina que más cuellos nobles sesgó de todo el país. La guillotina en la que incluso acabó dejándose su blanco y perfumado cuello la sin par Maria Antonieta, de quien dicen que cuando el pueblo, que apenas soportaba el extravagante modo de vida de la corte francesa reclamaba que quería pan, dijo; “Qu’ils mangent de la brioche”, traducido generalmente como “que coman pasteles” una expresión que quedó como ejemplo de su frivolidad e insensibilidad ante el sufrimiento de sus súbditos y de su existencia en un mundo abismalmente alejado de la realidad del pueblo. Hoy día existen dudas de quien fue la dama que pronunció esta frase, no está tan claro que fuera ella, pero así pasó a la historia.

Cerca de la plaza de la Concordia está uno de los puntos más concurridos de la ciudad, me refiero al Museo del Louvre, donde se exhiben algunas de las obras maestras del arte mundial.

Su famosa pirámide, que desde el interior del Carrousel del Louvre podemos observar invertida, ha sido motivo de mil y una teorías esotéricas, alentadas por el best seller de Dam Brown “El código Da Vinci”.

Esta pirámide es uno de los puntos de la ciudad a donde llegan hordas de turistas llegados a la capital de Francia en busca de referencias físicas para la comprensión de dicho libro. Fabricada en acero y cristal con una inclinación de 51º, como las pirámides egipcias. se inauguró en 1989. Algunos libros esotéricos y otros de aventuras, como El Código Da Vinci, han llevado al equívoco de que, en la Pirámide, hay 666 rombos de vidrio, (el número seis es el número del diablo). Pero, aunque yo no los he contado, no es cierto, son 673 paneles de cristal, 603 de ellos rombos y 70 triángulos. Pero si os hablo de la pirámide, es en realidad por la historia del Museo y del robo de  uno de los cuadros más famosos del mundo, la enigmática Gioconda.

En 1911 Vincenzo Peruggia, antiguo trabajador del museo robó el cuadro con una pasmosa sencillez y lo mantuvo en paradero desconocido durante dos años y cuatro meses. El ladrón aseguró que había actuado en solitario para devolverla a su país de origen, de donde él creía que había sido robada.

Pintores como Picasso o escritores como Guillaume Apollinaire fueron interrogados como sospechosos ya que habían amenazado con destruir la obra, críticos como eran entonces con los museos y el arte oficial. Afortunadamente para ellos, quedaron descartados, la obra se recuperó y el seguimiento que los medios de la época hicieron del caso convirtió a la Gioconda en el cuadro más famoso del mundo.        Hoy en día, el Louvre gasta sus fondos en las medidas de seguridad en lugar de en un seguro ya que su elevadísimo valor hace imposible asegurarlo.

La Ópera es otro de los lugares con historia de la ciudad, construido durante el mandato de Napoleón III por el arquitecto Charles Garnier, quien lo diseñó en Estilo Imperio. En su interior, la gigantesca araña de cristal, de ocho toneladas cayó sobre el público, matando a una persona. Sin comerlo ni beberlo este hecho inspiró la novela “El Fantasma de la Opera“, publicada en 1910.  Gaston Leroux habla de un misterioso inquilino en los sótanos del Palacio Garnier. El autor se inspiró en estos extraños fenómenos que ocurrieron en el siglo XIX: la caída de la gran lámpara de araña durante una actuación, el hecho de que un maquinista fuese encontrado ahorcado… ¿Fantasía o realidad?. Durante la construcción del Palacio, una bolsa de agua fue descubierta en el sótano. Se dice que incluso hoy en día, los maquinistas de la Ópera de París alimentan a los peces, que sirven de comida al inquilino eterno del sótano. Pura novela, el edificio es una maravilla que por sí mismo merece una visita.

Y qué decir de Notre Damme y su famoso jorobado?, Ficción?, Realidad?. Víctor Hugo escribió la novela para llamar la atención del estado de abandono en el que se encontraba la iglesia y promocionar activamente la restauración en estilo gótico del templo, que se llevó a cabo en 1844. Tuvo tanta aceptación, que hizo que se comenzara la reparación del edificio. Gran parte del aspecto actual de la catedral es resultado de estas restauraciones. Con el paso del tiempo la historia del jorobado de Notre Dame ha quedado en la cultura popular como la propia historia de la catedral, pero lo cierto es que salió de la imaginación del magnífico Víctor Hugo.

Por Ana Morales © Copyright 2017 | Todos los derechos reservados

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