El tesoro de Topkapi


A menudo la gente visita el Palacio de Topkapi, en Estambul, y se viene sin haber visitado alguna de las salas más curiosas del complejo. Quizás porque cada año parece haber más visitantes y las largas colas desaniman, quizás porque se piense que no merezca la pena. Hoy os hablo de alguna de estas dependencias, principalmente la Sala del Tesoro, para que al menos tengáis más información que os ayude a decidir.

Topkapi (“Puerta del Cañón”) fue la sede oficial de los sultanes otomanos desde que se terminó su construcción, allá por 1478, hasta que el sultán Abdulmecid la trasladó en 1855 al suntuoso Palacio de Dolmabatche, a orillas del Bósforo y siguiendo el modelo de las residencias imperiales de Occidente. Un total de 24 sultanes de los 36 de esta dinastía vivieron allí entre 1478 y 1855, casi durante cuatro siglos, siendo sede de la vida política y de la administración del Imperio Otomano. En este tiempo el Palacio se fue ampliando y adaptado a las necesidades, llegando a vivir allí más de cinco mil personas y otros tantos sirvientes. Una mini ciudad dispuesta en torno a tres grandes patios y con unas vistas únicas del Mar de Mármara y del Cuerno de Oro, un emplazamiento ideal para controlar el paso de embarcaciones a través del Bósforo.  Mehmet el conquistador “El sultanito” lo mandó construir en 1460 y fue su primer morador, y Mahmud II fue el último sultán en residir aquí. En todo este tiempo Topkapi era visto en Europa como un palacio de las mil y una noches, un exótico, misterioso e inexpugnable lugar lleno de tesoros y riquezas sin igual en occidente, imagen alimentada durante siglos por relatos de comerciantes, artistas y peregrinos que convirtieron a la Sublime puerta en una leyenda. En 1924 se abrió como museo hasta nuestros días.

El Palacio de Topkapi tiene una extensión que es el doble de la ciudad del Vaticano y cuenta con cuatro patios y múltiples pabellones en su interior. Tras la Puerta de la Felicidad o de los Eunucos blancos, se accede al tercer patio alrededor del cual se hallaba la universidad del Palacio y algunos pabellones de gran interés, incluyendo la biblioteca de Ahmed III, el Salón del Trono, la sala de las Sagradas Reliquias del Islam, el Museo de la Indumentaria Imperial y como no, el Tesoro del Sultán, del que hoy os quiero hablar.

Antes de la Sala del Tesoro se encuentra la colección del Museo de la Indumentaria Imperial. Hasta el siglo XVIII, la industria textil otomana era considerada una de las mejores del mundo. Se pueden contemplar trajes de Solimán el Magnífico, Selim I o Murat IV. Algunas de estas piezas, atribuidas a Solimán El Magnífico le  habrían quedado grandes al mismísimo Obélix. Como curiosidad, sabed que a menudo estos ropajes eran como amuletos, llenos de inscripciones coránicas cual libro, con la misión de proteger la vida del sultán. Pero está demostrado, vista la cantidad de asesinatos y conspiraciones dentro de estas familias, que una fina seda no servía de mucho ante una daga afilada o un potente veneno administrado, por, quizás tu propio hermano o hijo.

El Tesoro es para muchos el punto culminante de una visita a Topkapi. Se encuentra en un pabellón construido por Mehmet II en el s. xv y se trata de la más rica colección de este tipo que existe en el mundo. Joyas y objetos preciosos de los sultanes, botines de guerra, trofeos, regalos, auténticas obras maestras de la artesanía turca de distintas épocas, pero también piezas únicas procedentes de otras partes del imperio.

Tiene cuatro salas, la Sala I está dedicada a la vestimenta de las ceremonias, con sus accesorios, armas, narguiles y diversos objetos de decoración de oro y piedras preciosas.  Destaca la armadura del sultán Mustafá III y algunos puñales finamente trabajados así como el trono del sultán Mural IV.

Sala II: Es para mí la más espectacular. Se conoce como “La sala de las esmeraldas y otras piedras preciosas”. Se conservan esmeraldas en bruto de gran tamaño, de más de tres kilos incluso, y la famosa daga de Topkapi, símbolo mismo del palacio, con tres grandes esmeraldas colombianas en su empuñadura y una cuarta en su extremo que encierra un pequeño reloj, incrustada de diamantes. El puñal, de 35 cms de longitud fue un regalo de Mahmud I al rey Nadir Sha, aunque este nunca la llegó a recibir pues cuando la delegación turca llegó a Bagdad para entregárselo, acababa de estallar una violenta revolución en Persia en la que murió el mismo rey por lo que la daga regresó a Estambul para formar parte del Tesoro de palacio.

Las esmeraldas, rubíes, jades y diamantes forman parte también de muchas otras espectaculares  joyas. Además se expone el trono del sultán Ahmed I.

En la  Sala III hay muchos objetos esmaltados y regalos entregados a los sultanes por las delegaciones extranjeras, incluyendo una pareja de candelabros de oro cada uno de los cuales pesa 48 kilos y con 6.666 diamantes incrustados así como el Trono de Ceremonias, regalo del jedive de Egipto Ibrahim Bajá a Murad III, que siempre estuvo en el Palacio de Topkapi incluso cuando la corte se trasladó a Dolmabatche. Fue usado por los sultanes turcos durante la ceremonia de investidura, y está hecho en madera de nogal totalmente recubierta de oro (obtenidas de la fusión de 800000 ducados de oro). Pesa 250 kilos y tiene 954 crisolitas engastadas.

Pero seguro que no podréis dejar de mirar los diamantes del famoso Kasikçi, esta sí que sí una joya (al igual que la daga de Topkapi), de Las mil y una noches, con sus 86 kilates, 58 facetas y 49 purísimos diamantes, y que según dicen ocupa la quinta posición entre los de mayor peso en el mundo. El sultán Mehmet IV lo llevó en su turbante, por primera vez, el día de su coronación en 1648.   Yo no entiendo nada de joyas, pero reconozco que es tan tremendo que parecía de juguete. Bajo la luz polarizada, y en su vitrina rodeada de terciopelo, se pueden apreciar sus fantásticas irisaciones. Hay dos historias acerca de la procedencia de esta magnífica joya, una de ellas dice que la encontró un humilde chatarrero en un basurero, que ignorante de su valor lo vendió a un astuto joyero del bazar, quien le dio a cambio tres cucharas, de ahí su nombre “Kasikçi” (“Fabricante de cucharas”). Otra menos atractiva pero más plausible dice que en 1774 un oficial francés lo compró a un maharajá de Madrás y se lo llevó a Francia donde fue vendido en subasta pública. Tras haber pasado por numerosas manos lo acabó comprando la madre de Napoleón, que más tarde lo vendió para tratar de salvar a su hijo del exilio. El jedive Tepedelendi Alí Bajá pagó 150000 monedas de oro por él. Acusado de traición, este fue depuesto por Mahmud II, y así acabó el Tesoro de Topkapi. Magnífico es también el diamante Estrella Brillante comprado por el sultán Ahmet I para depositarlo en la tumba de Mahoma.

En la Sala IV: Se conservan las reliquias de San Juan Bautista protegidas por un suntuoso relicario de oro. Se trata de los huesos del brazo y el cráneo de San Juan Bautista, que fueron conservados en Constantinopla durante el Imperio bizantino, pero que cayeron en manos otomanas tras la conquista de Bizancio. Podréis ver algunas armas y objetos pertenecientes a Mural III. En mitad de la sala hay un trono oval traído de la India por Nadir Sha y que está recubierto de esmaltes enriquecidos con esmeraldas, rubís y 25000 perlas.

Otra sala es la colección de retratos y miniaturas. Retratos de todos los sultanes, cronológicamente expuestos y escenas de la vida palaciega. Resulta curioso que todos los sultanes sin excepción estaban gordísimos y tenían los rasgos fisionómicos muy parecidos, con los ojos muy juntos.

A continuación tenéis la Sala de las Reliquias, (que recientemente cumplió su quinientos cumpleaños), consideradas “las más sagradas del mundo musulmán” pues aquí se conserva, o eso dicen, las reliquias del profeta Mahoma así como elementos personales de sus compañeros. Al principio esta sala eran los aposentos de Mehmed II hasta que tras la victoriosa campaña en Egipto llevada a cabo por Selim I el Cruel, (padre de Solimán el Magnífico), en 1517, las reliquias y objetos sagrados rapiñados en Egipto fueron llevados a Estambul. Inicialmente, las reliquias sólo eran admiradas por los sultanes y su entorno en fechas religiosas, pero en 1962, comenzaron a ser expuestas al público.

Conste que este interés por las huellas de lo santo me parece malsano y hasta desagradable, indistintamente al credo al que pertenezcan, todo lo que huela a reliquia me da bastante grima molestándome hasta el olor, que será de santidad pero a mí me parece más que nada a rancio, sin embargo, y sin que me interese especialmente, he visitado esta sala en dos ocasiones y en ambas ocasiones he de decir que la sala estaba abarrotada de gente, grupos de escolares, curiosos, señoras ocultas bajo el burka, turistas de todos los pelajes, y la letanía de la voz de un clérigo que recita versos del Corán. Por lo visto esto es así 24 horas al día, tradición que se mantiene desde hace más de 500 años.  Podéis ver el manto que se dice perteneció al profeta Mahoma, custodiado en un cofre de oro, las dos cimitarras del profeta, el arco y el estandarte, la huella en bronce del pie del profeta, algún que otro pelo de la barba y creo recordar que también hay un diente. También se pueden encontrar los primeros coranes que fueron escritos a mano y las llaves de la Kaaba.

Visitar el harem y dejaros envolver por la brisa fresca del Mar de Mármara desde este emplazamiento especial es obligado para cualquier visitante pero cada una de estas salas os darán además unas pinceladas de la cultura y la vida palaciega en el Imperio, y, en mi opinión una visita sin asomaros a ellas queda incompleta.

Por Ana Morales © Copyright 2018 | Todos los derechos reservados

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