Justiniano I, el último de los romanos


Los historiadores marcan el inicio del Imperio bizantino cuando, en el año 330, el emperador romano Constantino El Grande trasladó la capital del imperio desde Roma a Bizancio, ciudad rebautizada como Constantinopla en su nombre.

En su momento de mayor esplendor, las fronteras del Imperio bizantino iban desde el Cáucaso al Atlántico, de Crimea al Sinaí y del Danubio al Sahara, extendiéndose en el tiempo desde el siglo IV hasta el siglo XV de nuestra era, cuando la ciudad fue tomada por los otomanos en 1453.

El Imperio bizantino no sólo preservó la cultura grecorromana de la que nació, sino que llevó a cabo una importante función de difusor del cristianismo por todo el imperio. Además, codificó prácticas políticas, sociales y religiosas que han perdurado hasta nuestros días.

 

¿Quién fué Justiniano I?

Justiniano I reinó durante 38 años, convirtiéndose en un personaje clave entre el mundo clásico y la Edad Media. A pesar de ser el emperador bizantino más conocido, sin embargo, su biografía es bastante desconocida para el gran público salvo por el detalle de haber sido el promotor de obra cumbre del arte bizantino, Santa Sofía.

Gloria a Dios que me ha hecho digno de realizar una obra tan grande, Oh Salomón, te he superado!” Estas son las palabras que se atribuyen a Justiniano al entrar por primera vez en Santa Sofía mientras alzaba sus brazos al cielo, palabras que han pasado a la posteridad y que encierran una especie de obsesión personal por superar el templo más famoso de la historia: el desaparecido templo de Salomón en Jerusalén. Pero, qué otros detalles interesantes podemos extraer de su biografía?

Justiniano I (483-565), fue quizás el gobernante más destacado del Imperio Bizantino. Su mandato estuvo marcado por una idea que no pocos gobernantes habían tenido antes que él: conseguir que el Imperio romano de Oriente recuperase y reviviese la gloria pasada de Roma; desaparecida para siempre tras la caída de Occidente.

Con él se puede afirmar que Bizancio vivió su etapa histórica más esplendorosa. Con sus luces y sus sombras. De su reinado hay muchísima información, recopilada por Procopio de Cesarea,  que les recomiendo a todos aquellos que deseen profundizar en ella. Por ello espero no juzguen este breve resumen con demasiada dureza, atendiendo a razones de practicidad sólo pretendo darles unas pinceladas de sus logros y su personalidad sin aburrirles.

Justiniano no provenía de una familia de mandatarios, ni de nobles, de hecho su acceso al trono fue un hecho bastante fortuito. Nacido como Pedro Sabaccio en la provincia de Dardania, su futuro habría sido el de un granjero de no haber sido adoptado por su tío materno Justino, que cambió su nombre por el de Justiniano. Justiniano acompañó a su tío a la corte y tuvo la oportunidad de recibir una esmerada formación. A la muerte de su tío Justino, general de Anastasio I, este le sucedió. Se dice que ya gobernaba el imperio en la sombra junto a su tío, (de hecho Justino lo nombró co-emperador en abril de 527, meses antes de su muerte). Justiniano era una mente privilegiada, inteligente, hábil y con determinación, y siempre se estuvo preparando para suceder a su tío que murió a una edad bastante temprana con una enfermedad degenerativa. En el año 527 Justiniano subió al trono como emperador único.

“El emperador César Flavio Justiniano, Alamánico, Gótico, Franco, Germánico, Ántico, Alánico, Vandálico, Africano, Pío, Feliz, Renombrado Conquistador y Triunfador, Siempre Augusto

La recuperación y restauración del imperio perdido del cual Justiniano se sentía heredero legítimo, fue posible en gran parte porque supo rodearse de personas excepcionales en su campo, entre ellos dos generales de sobras conocidos, Belisario y Narsés, puntales de la expansión de Bizancio por Occidente. Pero también por la sabiduría de su controvertida consorte, la emperatriz Teodora, de la cual os hablé en una entrada anterior. Su carácter enérgico y decidido resultó fundamental para el gobierno del imperio. Sin mencionar que el binomio Justiniano-Teodora transformó Constantinopla y la convirtió en una ciudad deslumbrante, promoviendo numerosas obras de ingeniería, puentes, acueductos y más de veinticinco iglesias entre las cuales destaca por supuesto la espléndida Santa Sofía.

 

Luces y sombras de su reinado

En torno al año 533, Bizancio se lanzó definitivamente a la conquista del Mediterráneo a las órdenes de Belisario, quien recuperó sin problemas estos territorios arrebatados por los vándalos. Le siguió la península itálica, ocupada por los ostrogodos, restaurando tras más de medio siglo de control bárbaro los territorios de Dalmacia, Sicilia y la ciudad de Roma en el territorio del imperio, una campaña en la que se invirtieron 20 años y que tuvo un enorme coste económico y humano, el cual fue sembrando el descontento de los súbditos.

La famosa revuelta de Nika, en la capital, fue una rebelión popular en contra de su gobierno, entre otras razones al producirse una repentina subida de impuestos a la población con la que Justiniano pretendía negociar una paz con persas y bárbaros. La respuesta fue desproporcionada y más de 30000 hombres fueron masacrados, ardiendo la anterior iglesia sobre cuyas ruinas se construyó Santa Sofía.

Bizancio conquistó la parte sudoriental de la Península Itálica, convirtiendo el Mediterráneo, de nuevo en el Mare Nostrum. Un enorme imperio imposible de mantener para unas arcas vacías que no podían pagar el ejército necesario que mantuviese el orden en las tierras reconquistadas. Un legado envenenado para sus sucesores que no pudieron mantener sus logros.

En el año 541, Bizancio fue asolada por la peste negra, que tras cuatro meses, mermó la ciudad en casi el cuarenta por ciento de su población y que se saldó con cuatro millones de víctimas en todo el imperio. La peste abandonó la capital en el otoño del año 542, y el propio emperador estuvo a punto de morir, aunque milagrosamente sobrevivió. Las consecuencias resultaron devastadoras para el Imperio: las tropas se vieron diezmadas y debilitadas por la enfermedad, y como ya adelanté antes en pocos decenios se perderían los territorios conquistados con tanto esfuerzo.

Aunque parezca difícil de creer, el gobierno, las leyes, los conceptos religiosos y el esplendor ceremonial bizantinos siguen influyendo en la vida de miles de millones de personas en la actualidad. P.E, el Corpus iuris civilis de Justiniano (cuerpo de leyes civiles), fue la base del Derecho romano, en total uso en la Europa continental de hoy. Mediante el Código de Napoleón, los preceptos legales bizantinos se difundieron en Latino américa y en total uso en la Europa continental de hoy. En la arquitectura, los arquitectos bizantinos consiguieron llegar hasta Rusia exportando las grandes cúpulas sobre espacios cuadrangulares.

Está claro que figuras como la de Justiniano contribuyeron con su sueño de preservación y continuación a ensalzar el papel de Roma en la historia.

Por Ana Morales © Copyright 2019 – Todos los derechos reservados

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