Santa Sofía, visita al Templo inquebrantable


Santa Sofía es muy probablemente el edificio más icónico, querido y con más historia de Estambul. Por ello, a pesar de que podréis encontrar muchísima información sobre esta obra cumbre del arte bizantino en todos lados creo sobradamente justificada una entrada sobre ella.

Y es que conocí mucho antes a Santa Sofía que a Estambul. Sí, mucho antes de escuchar hablar de Estambul o de plantearme ni si quiera visitarla, me preparaba para los exámenes de la selectividad memorizando los detalles artísticos particulares de la antaño catedral ortodoxa cristiana que cambió la historia de la arquitectura, sin saber que un día sería un lugar que visitaría en más de media docena de ocasiones.

Pensad, cuando vuestros pies pisen las gastadas losas de mármol, que millones de peregrinos las pisaron antes que vosotros. Cuando vuestros ojos no sepan hacia dónde dirigir la mirada, que esta grandiosa obra, codiciada tanto por el oriente musulmán como por el occidente cristiano lleva en pie la friolera de quince siglos. Fue utilizada como iglesia durante 916 años hasta que tras la conquista de Estambul por el sultán Fatih Sultan Mehmed, se convirtió en mezquita durante otros 482 años. Por orden de Atatürk y por decisión del Consejo de Ministros, Hagia Sophia (Ayasofya) se convirtió en Museo en 1935 y continua siéndolo en nuestros días. Es como una anciana ajada y llena de achaques que no obstante conserva la dignidad, y, ciertamente no conozco muchos edificios que lleven en pie tanto tiempo y que atesoren tanta historia como Santa Sofía.

Esta construcción ha sobrevivido al paso del tiempo superando derrumbes parciales producidos por terremotos, incendios, saqueos y guerras, y eso que sus creadores, Isidoro de Mileto y Artemio de Tralles, eran principalmente físicos y matemáticos más que arquitectos, que “trataron de aplicar la geometría a la materia sólida” y que a base de cálculos y ensayo-error consiguieron levantar la obra que satisfizo los sueños más ambiciosos de Justiniano, considerada como la obra más grandiosa de la cristiandad. Y nunca mejor dicho, la leyenda dice que el germen del proyecto así como los planos del majestuoso templo le fueron revelados al emperador en sueños.

 

Todo el mundo conoce más o menos la historia básica de la catedral pero no tantos saben que en el mismo solar que hoy ocupa Santa Sofía hubo antes otras dos catedrales: la primera (Megale Ekklesia) fue construida en el siglo IV bajo Constancio II (posiblemente iniciada por Constantino I, su padre cuando tomó la decisión de establecer el cristianismo como la religión oficial del Imperio Romano). Pues bien, esta primera basílica fue destruida hasta los cimientos por un incendio en el año 404. Teodosio II la volvió a levantar y consagrar siguiendo la misma suerte que la primera ya que volvió a ser quemada de nuevo durante los graves disturbios provocados durante la revuelta de Niká, en el año 532. Apenas 30 días después de estos sucesos, el emperador Justiniano I el Grande, defensor de la cristiandad, sintiéndose el elegido de Dios y con el apoyo incondicional de su esposa la controvertida emperatriz Teodora, decidió comenzar de nuevo la construcción de Santa Sofía. Justiniano se involucró en la obra con gran exigencia. Mandó traer a la ciudad artesanos y artistas de todas las partes del mundo conocido. Contaba con cien capataces que a su vez tenían equipos de cien obreros, un total de diez mil personas que trabajaron sin descanso durante cinco años.

Para evitar los incendios, un mal casi endémico en una ciudad en el que las viviendas tradicionales siempre han sido de madera, se empleó pórfido de Egipto, piedra negra del Bósforo y un maravilloso mármol verde de Tesalia. Se reciclaron otros elementos como columnas provenientes del templo de Artemisa en Éfeso y del templo del Sol en Baalbek. ¿Pero quien era Justiniano I?

 

Justiniano I el Grande

Justiniano se convirtió en emperador del Imperio Romano de Oriente en el año 527, tras la muerte de su tío Justino, al cual sustituyó de facto tras su muerte. Toda la vida se preparó para sustituirle formándose en teología, jurisprudencia e historia siendo además un militar brillante. Durante su reinado extendió las fronteras de Bizancio en un ambicioso proyecto que intentaba  restaurar no solo los territorios perdidos por el imperio romano de Occidente sino también la cultura de la Antigua Roma. Su reinado tendría un gran impacto en la historia mundial, dando lugar a una nueva era en la historia del Imperio Bizantino y de la Iglesia Ortodoxa. También desarrolló una gran actividad constructiva, emulando la de los grandes emperadores romanos del pasado.

Justiniano pasaba gran parte de su tiempo en la obra, y su ímpetu y exigencia consiguió que la obra se finalizase en el plazo record de 5 años y diez meses. El 27 de Diciembre del año 537 Santa Sofía fue consagrada por tercera vez. El emperador ofrendó en sacrificio mil bueyes, seis mil ovejas y seiscientos ciervos y repartió harina a los necesitados. Se congratuló de haber conseguido un templo que superaba al mismísimo templo de Salomón, y Santa Sofía se convirtió en la sede del patriarca ortodoxo de Constantinopla y el escenario principal de todas las ceremonias imperiales bizantinas, como las coronaciones.

 

Los mosaicos

Una de las joyas de Santa Sofía, son sin duda sus mosaicos. Accediendo por unas toscas rampas en el lateral izquierdo de la entrada principal podréis subir a la planta superior donde los podréis visitar. Los magníficos mosaicos de la iglesia se completaron posteriormente bajo el reinado de Justino II (565-578). Los temas principales fueron la Deesis, Jesucristo y la Virgen con Niño o el Pantocrator, además de incluir la representación de las figuras del propio Justiniano, la emperatriz Irene, la emperatriz Zoe o el gobernante Juan Commeno II.

Aunque lo que podemos ver es una mínima parte de lo que hubo en Santa Sofía este exiguo conjunto de mosaicos bizantinos es uno de los tesoros artísticos de la Humanidad y la iconografía utilizada en Santa Sofía serviría de modelo de inspiración al resto de iglesias desde entonces.

 

La cúpula

Su cúpula central de 55 metros de altura y 30 metros de diámetro, sobre pechinas decoradas con mosaicos con la representación de ángeles, fue el modelo a seguir y a batir por las catedrales posteriores e incluso por las mezquitas, convirtiéndose en una obsesión para los arquitectos de las mezquitas el conseguir superarla. Esta cúpula fue todo un desafío, en el año 568 Isidoro el Joven, sobrino de Isidoro de Mileto, fue el encargado de reconstruirla, castigada por los terremotos de los años 553 y 557 y definitivamente destruida por el del año 558. A finales del siglo XVI hubo otros desperfectos menores que fueron subsanados.

La enorme cúpula domina todo interior de la iglesia imitando el modelo romano del Panteón de Agripa en Roma, y el espacio parece amplio, abierto y aligerado gracias a esos pequeños ventanales ingeniosamente dispuestos que hacen que la cúpula flote. La cúpula también estuvo recubierta de mosaicos de oro, con una cruz en el centro, decoración que desafortunadamente no ha llegado a nuestros días, primero por la furia de los iconoclastas, el saqueo cruzado de la ciudad y posteriormente, tras la conquista otomana, por su propia prohibición de representación de la figura humana. Los mosaicos que quedaban fueron tapados con yeso y así permanecieron por casi cuatro siglos, quedando perfectamente conservados. Su lugar fue ocupado con medallones otomanos con los nombres de Alá, Mahoma y los califas Rasidún.

La luminosidad del espacio es uno de los logros más destacados de Santa Sofía. La Basílica se iluminaba con la luz natural que entraba por los ventanucos bajo la cúpula y repartidos a lo largo de la iglesia, sin contar con los 16.000 metros cuadrados de bellos mosaicos de oro que refulgían casi de un modo celestial dando al lugar un aura sobrenatural. Por la noche se encendían miles de lámparas de aceite y candelabros que colgaban de la cúpula en largas cadenas.

Hagia Sophia  fue la mayor catedral del mundo durante más de mil años y aún hoy en día es la cuarta catedral de la cristiandad tras San Pedro, Sevilla y Milán, que son mucho más recientes en el tiempo. Da que pensar, verdad?

 

La conquista otomana

Tras la toma de la ciudad por los otomanos en 1453 el edificio pasó a ser convertido en mezquita, siendo Santa Sofía también la primera mezquita imperial de Estambul.

El 29 de Mayo de dicho año, por primera vez se escuchó la plegaria a Alá en lugar de una misa, tras casi 9 siglos de cristianismo.

La catedral sufrió grandes destrozos por los saqueos del ejército otomano que sin embargo fueron poca cosa comparados con los daños infligidos doscientos cincuenta años atrás por el ejército cruzado, quien la saqueó a placer llevándose todos sus tesoros más preciados, sus iconos, reliquias, sus candelabros, cruces de oro y piedras preciosas que hoy contemplamos en Venecia o París sin saber en muchos casos que fueron robados de Constantinopla. Quizás algunos se muestren sorprendidos al leer que fueron los ejércitos cruzados los que más la perjudicaron, pues de hecho hasta 1204 Constantinopla se utilizó como punto de arranque de las incursiones que pretendían recuperar los lugares santos para el catolicismo. Pero ocurrió que un aspirante al trono (Alejo IV, el propio hijo del monarca, Isaac Ángel), conspiró con las tropas cruzadas que acampaban junto a Constantinopla para deponer a su padre y tomar el poder. Para ello les prometió una parte del gran tesoro del palacio que por entonces, era muy exiguo. Los cruzados, tras cumplir su parte del trato se sintieron estafados y decidieron tomarse la recompensa por su cuenta, llevando a cabo una de las destrucciones y rapiñas más brutales de la historia en las que miles de personas fueron asesinadas, expoliadas las riquezas de la ciudad y destruidas las iglesias bizantinas. Santa Sofía se convirtió en cuadra y el Palacio Real y el Hipódromo desaparecieron para siempre, así como la impresionante Biblioteca Imperial de Constantinopla iniciada por Constantino en el año 360 para paliar la destrucción de las grandes bibliotecas de la antigüedad.

La ciudad acusaba una decadencia que no se podía esconder y que se trasladaba a todos sus monumentos. Los otomanos saquearon sobre un lugar ya saqueado y que se encontraba en un estado bastante lamentable.

Las reformas en tiempo otomano de Santa Sofía afortunadamente fueron realizadas por un genio de la talla de Mimar Sinan, quien además de fortalecer la histórica estructura bizantina, construyó los dos minaretes adicionales en el extremo oeste del edificio, el original palco del Sultán, y las Turbe (mausoleo) de Selim II en el sureste del edificio en 1576.

En época otomana se añadieron en total los cuatro minaretes, que siguen en pie hoy en día, y se remodeló el interior de la nave para albergar el mihrab, un mimbar e incluso una madrasa, (desaparecida durante el siglo XVII)

Se incorporaron además unos enormes medallones con caligrafía árabe y se cubrieron de cal los antiguos mosaicos bizantinos, que no fueron redescubiertos hasta los años 30 en que Santa Sofía,  se convirtió en un museo del estado.

Dirección: Plaza de Santa Sofía (Estambul)
Tranvía: Sultanahmet
Tel: (+0212) 522 17 50
Horario: 15/4 al 31/10 de 09.00-19.00h (última entrada una hora antes)
01/11 al 15/04 de 09.00-17.00h (última entrada una hora antes)
El Museo de Santa Sofía estará cerrado a los visitantes los lunes desde el 01 de noviembre de 2018 hasta nuevo aviso.
Precio entrada: 60 liras turcas

Por Ana Morales © Copyright 2019 – Todos los derechos reservados

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