Hace ya casi diez años que fallecía en Estambul la última descendiente de la dinastía otomana, Fatma Neslişah Sultan. Murió a los 91 años de edad, y fue entregada a la tierra en la que fue su amada ciudad, más a menudo añorada de lo que probablemente ella hubiera deseado: Estambul.

 

La Princesa Neslişah

Y es que Neslişah, dos veces princesa, dos veces exiliada, tuvo una vida llena de luces y de sombras que la acompañaron allá donde fue.

Uno no decide donde nace, pero qué duda cabe de que este hecho aleatorio marca nuestras vidas y nuestro destino. Neslişah nació en 1921, en el palacio de Nişantasi, una de las residencias que la familia real otomana tenía en la ciudad de Estambul tan sólo un año antes de la abolición del sultanato y de la proclamación de la nueva república de Turquía.

Era nieta del último Califa, Abdülcemit II, por parte de padre, y de Mehmet VI Vahideddin, el treinta y seisavo y último sultán de la dinastía otomana, (que reinó brevemente desde 1918 a 1922) por parte de madre.

El nacimiento de Neslişah, por tanto, fue el último en ser recibido con todo el boato de la corte: “se dispararon cañones en los cuatro rincones del Imperio Otomano, se emitieron monedas conmemorativas en su honor y su nacimiento quedó inscrito en el registro oficial del palacio”.

En 1922 Vahiddedin fue depuesto y exiliado, reemplazado como Califa, pero no como sultán, por su hermano (y el otro abuelo de Neslişah) Abdülmecid II. En 1924 Abdülmecid también fue destituido de su cargo y toda la familia imperial, incluida Neslişah, de tres años, fueron enviados al exilio.

Desde la muerte de su tío y último pretendiente al trono en 2009, Neslişah se había convertido en la última mujer de su linaje, la casa de Osman, la familia imperial otomana.

 

Las memorias de Neslişah

La vida de Neslişah no está falta de interés pues tanto si lo quiso como si no, siempre estuvo en la primera línea. En la década de 1940 fotos de Neslişah ocupaban las portadas de revistas de sociedad egipcias y extranjeras, describiéndola acertadamente como una de las mujeres más bellas del mundo. Junto con sus dos hermanas menores, (ambas casadas también con príncipes egipcios), formaron un trío glamuroso que llamaba la atención cada vez que aparecían en eventos de caridad o bailes de recaudación de fondos.

Neslişah hizo honor a la educación recibida para ser princesa. Nunca mostró sus opiniones ni se salió del guion, al menos en público. Esa vida pública de escaparate y de lujos no describía ni sus opiniones ni su persona. Por ello antes de su muerte en Estambul en 2012, Neslişah grabó sus recuerdos y opiniones, en presencia de su hija, y con el periodista e historiador Murat Bardakçı. Un libro de memorias que presenta una visión “otomana” de Turquía y Egipto en el siglo XX, desafiando los discursos nacionalistas y republicanos.

Inteligente y políglota (como muchos miembros de su familia hablaba turco, francés, alemán, inglés y árabe) comienza su historia con la expulsión de su familia rumbo a Suiza en tren el 7 de marzo de 1924. Tuvieron que huir casi a escondidas para evitar incidentes y disturbios en la ciudad tomando el tren en las afueras de Estambul, en Çatalca. Cada miembro de la familia recibió mil libras y un pasaporte para un año, y todos fueron privados de su ciudadanía turca.

Convencidos de que esta sería una situación temporal y de que pronto regresarían a Turquía, se establecieron en Francia. Su fuerte identidad musulmana otomana no excluía el deseo de ser modernos y francófonos y de tener un pasaporte francés. El culto abuelo de Neslişah, Abdülmecid II, había considerado durante mucho tiempo a Francia como su «segunda patria».

Niza se convirtió en la capital de la dinastía otomana en el exilio, donde algunos encontraron lo que Sabiha Sultan, la madre de Neslişah, describió como «paz interior». El último Califa pasó su exilio zambulléndose en el mar, pintando, leyendo, tocando música de cámara “con sus esposas y otras damas” y escribiendo sus memorias.

Pero no todos vivían en el pasado. Algunas damas de Estambul ya habían comenzado a ofrecer exitosos «cócteles danzantes» antes de 1924. Las princesas otomanas bailaban en decolleté en hoteles de Niza, mientras que en la República Turca incluso la esposa de Mustafa Kemal, Latife, todavía se cubría el cabello en público.

Las fotografías en el exilio muestran a una familia de apariencia segura, sonriente y elegantemente vestida. Una de las figuras más atractivas es su propia madre, Sabiha Sultan, hija de Mehmed VI. Un rumor persistente, aunque no probado, difundido por sus enemigos, afirma que el propio Mustafa Kemal, antes de su partida a Anatolia en 1919 había esperado casarse con ella, ya que su rival político, Enver Pasha se había casado con otra princesa seis años antes. Sus primos se lo recriminaban “Si te hubieras casado con «el hombre», no habríamos tenido todos estos problemas”.

Pero el exilio no solo trajo libertad, sino también pobreza. En 1925 Mehmed VI tuvo que ser enterrado con nocturnidad y alevosía en San Remo para evitar que sus múltiples acreedores se apoderaran de su ataúd.

Quejándose de que Europa “olía a pólvora”, el hijo del Califa y padre de Neslişah, Ömer Farouk Efendi, llevó a su familia a Egipto en 1938.

En Turquía, los miembros de la dinastía otomana fueron vilipendiados, pero en el extranjero, su prestigio fue confirmado por una oleada de matrimonios extranjeros. Dos princesas otomanas se casaron con príncipes adinerados de Hyderabad (durante mucho tiempo el estado indio más pro otomano) en Niza en 1931.

Otras tres princesas, incluida Neslişah, se casaron con príncipes egipcios. En 1940, contra su voluntad, Neslişah se casó con su primo segundo, el príncipe Abdulmoneim, adinerado sobrino del príncipe Mohammed Ali, (hijo del último jedive de Egipto) en el esplendoroso palacio Mameluk Manyal de la isla de Roda en el Nilo. La pobreza fue la impulsora de una boda que contra todo pronóstico prosperó: “estaban hartos de zurcir, planchar y remendar”.          A pesar de que los matrimonios concertados eran una práctica habitual entre la familia otomana, Neslişah no se habló con su padre durante meses. Tampoco fue para Abdulmoneim un matrimonio por amor, sino más bien su segunda opción, ya que antes había intentado casarse con la princesa Myzejen de Albania sin éxito.

Parece que los cónyuges se convirtieron en «excelentes amigos» y disfrutaron de El Cairo en la década de 1940, cuando era «la ciudad más emocionante del mundo«. Cairo moldeó sus gustos y perspectivas tanto como su origen otomano. Aquí Neslişah dedicó parte de su tiempo a la caridad, a la “Oeuvre Mohammed Ali”.

En los años cincuenta, las mujeres del linaje fueron autorizadas a volver a Turquía, y en 1974 harían lo mismo con los varones.

Cuando, en 1952, su esposo fue nombrado regente del infante rey de Egipto, ella ocupó su lugar en la cima de la sociedad egipcia como primera dama del país hasta la abolición de la monarquía al año siguiente. Neslişah se convirtió en princesa de la familia real egipcia.

El golpe militar en Egipto en 1952, expulsó al rey Farouk y llevó al poder a los Oficiales Libres bajo Nasser y Neguib. Este hecho cambió sus vidas. Desde agosto de 1952 hasta junio de 1953, durante el breve «período puente» de Nasser entre la monarquía y la república, disfrutó de 11 meses como «primera dama de Egipto». Su esposo (que algunos consideraban que tenía más derecho al trono que el rey) fue regente del hijo de su primo exiliado, el «rey» Ahmad Fouad. Nasser y sus oficiales, sin embargo, pronto establecieron una dictadura.

Neslişah tuvo que abandonar el que ahora era su país de adopción en 1953 tras la abolición de la monarquía egipcia, dado que fue acusada, junto a su marido, de haber organizado un complot contra el presidente Gamal Abdel Nasser.

Neslişah soportó interrogatorios, seis meses de arresto domiciliario y dos juicios ficticios ante un tribunal militar. La habían educado para considerar vergonzoso mostrar debilidad y sobrevivió. Su primo Mahmud Namuk, como muchas de las víctimas de Nasser, murió en prisión.

En 1959, después de que muchas de sus posesiones en Egipto fueran confiscadas, Neslişah se fue a Francia, donde se educaron sus hijos. Finalmente, en 1964 regresó a Estambul, cuarenta años después de su partida. En la ciudad de los sultanes murió su marido quince años después.

Hasta su muerte en 2012, vio renacer Estambul como una ciudad moderna e internacional. Aunque parece que sin aceptar del todo la nueva realidad de Turquía y sin haber aceptado jamás que el tiempo de los sultanes terminó hace casi un siglo.

En una Turquía que actualmente presencia un renacimiento otomano, Neslişah Sultan fue considerada la heredera de más alto rango de la familia real otomana, una dinastía de 600 años que una vez controló el Mediterráneo, la mitad de Europa, todo el Cercano Oriente y más allá. Sus restos descansan en el cementerio de Asiyan.

 

La Princesa Selma

Muchos recordareis, sin duda, la famosa novela de Kenizé Mourad “De parte de la princesa muerta”, donde se narran las vivencias y vicisitudes de otra princesa: Selma Rauf Hanun, (pariente de Neslishah y coetánea en el tiempo) como el hilo narrativo que muestra los últimos días del sultanato y la vida en el exilio de la familia real otomana.

Selma nació en Estambul en 1914 como «Su Alteza Imperial, la Princesa Selma Rauf Hanim Sultana”, nieta de Murad V. Cuando comenzó el exilio rondaba los diez años de edad.

Algunos de los familiares de Selma fueron a París, otros a la Riviera francesa, y Selma con su madre, la princesa Hatice, y sus hermanos (sus padres se habían divorciado en 1918) terminaron en Beirut (conocida en aquellos días como el París del Este). A pesar de los recursos limitados de la familia, se convirtió en una joven elegante.

En sus difíciles circunstancias, la princesa Hatice estaba bajo mucha presión, su hija tenía que casarse, cuanto antes, mejor. Tarea ardua, ya que se había vuelto muy difícil encontrar cónyuges adecuados para una realeza turca venida a menos y empobrecida.

En 1931, dos de las primas lejanas de Selma que vivían en Francia, las princesas Durrushevar y Niloufer, hicieron un espléndido matrimonio doble. El Nizam de Hyderabad, en ese momento considerado el hombre más rico del mundo, había pedido sus manos en matrimonio para sus dos hijos. Las dos novias se fueron a vivir a la lejana India. Allí ayudaron a promover el estatus legal de la mujer y a fundar escuelas y hospitales en Hyderabad. La propia Selma se casaría con un príncipe indio-musulmán, el Nawab Amir al-Kotwara.

Aproximadamente cinco años después, se encontró un esposo de sangre azul para Selma en ese mismo país, muy probablemente por mediación de la conexión de Hyderabad.

Selma viajó a la India para casarse con Nawab Amir al-Kotwara, Raja de Kotwara, en 1937. Sin embargo, viniendo del esplendor de la Estambul imperial y luego de la cosmopolita Beirut, Selma tuvo grandes problemas para adaptarse a su nueva patria. A pesar del antiguo linaje y la respetable riqueza de la familia de su marido, la pintoresca Kotwara debió de parecerle un páramo desolado.

El matrimonio no fue feliz. En el verano de 1939, embarazada de su primer hijo, Selma viajó a París, con el pretexto del próximo parto real. Solo la acompañaba un fiel criado de su familia biológica, un eunuco, que había venido a la India con ella. Con la Segunda Guerra Mundial en ciernes, pronto se quedaría sin recursos.

Su hija Kenizé nació en noviembre de ese año. Selma lo ocultó a su esposo, lo que llevó a sus suegros a creer que la niña, hoy Kenizé Mourad, nació muerta. En 1941, en la antesala de la guerra mundial y sin recursos, una Selma que vivía en la pobreza extrema, enfermó muy gravemente, falleciendo de septicemia. Su angustiado eunuco llevó a la niña, que no tenía ni dos años, a la casa de un diplomático suizo. Ellos criarían con amor a la niña hasta que fueron trasladados al extranjero, y como nunca la habían adoptado formalmente, no tuvieron más opción que entregarla en un orfanato.

Selma tuvo una vida muy corta y muy desdichada, falleció a los 26 años. Su olvidada tumba se encuentra en el cementerio musulmán de Bobigny.