Estoy segura de que al mencionar el nombre de este conocido faraón egipcio de la XIX Dinastía os vendrán a la cabeza fascinantes imágenes del país del Nilo llenas de esplendor y magnificencia; grandes templos, batallas tan famosas como la de Qadesh, o incluso, por asociación, el nombre de otro personaje casi tan famoso como él, la reina nubia Nefertari, epítome de la belleza exótica. Todo eso y mucho más es cierto, durante sus 66 años de reinado, Ramsés II llevó a Egipto a uno de sus momentos de mayor esplendor y expansión militar, al tiempo que desarrollaba un vasto y monumental programa constructivo desde el Delta del Nilo hasta las mismas entrañas de Nubia.

Algunas de esas construcciones son de las más reconocidas en la historia del arte y la arquitectura de Egipto. Sólo por mencionar algunas: las ampliaciones de los templos de Amón en Karnak y Luxor, su magnífico templo funerario “el Ramesseum”, en la orilla occidental de Tebas, el templo de Osiris en Abydos, los templos de Abu Simbel, la ciudad de Pi-Ramsés, y millares de estatuas de diversos tamaños y formas, que han perpetuado su gloria en la eternidad.
Es por ello que estar en Asuán y no visitar Abu Simbel, es como visitar El Cairo y no ver las pirámides, vuestra visita quedaría ciertamente incompleta.

Los que terminasteis vuestro crucero por el Nilo en Asuán y fuisteis a Abu Simbel, posiblemente recordareis el madrugón e incómodo recorrido de autobús custodiados por soldados a través del desierto. Los que continuasteis vuestro recorrido por el lago Násser, os ahorrasteis el madrugón porque muy posiblemente viajasteis durante el día y los visitasteis por la tarde. En cualquier caso, lo importante de esta visita es que es un broche de oro al crucero por el Nilo, y uno de los puntos álgidos, sino el más importante de todo el recorrido.

Abu Simbel

Como os explicada en una entrada anterior, Abu Simbel está emplazada en la hoy Sudán (antes Nubia o Kush), un territorio largamente codiciado por Egipcio por su gran riqueza en recursos naturales. Exactamente Abu Simbel queda a unos 300kms por carretera al sur de Asuán. Estos templos forman parte del “Museo al Aire Libre de Nubia y Asuán”, y fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979 después de que fueran trasladados pieza a pieza a una colina artificial, a unos 200 metros de su emplazamiento original y unos 60 metros por encima del nivel del futuro lago Nasser. El traslado de los templos fue necesario para evitar que quedaran sumergidos por la construcción de la presa de Asuán. Os animo a leer más información aquí y así no me repito.

Durante su extenso reinado, Ramsés II mandó construir en Abu Simbel dos grandes templos, y otros 5 más, menos conocidos, a lo largo del territorio nubio como modo de disuadir a sus enemigos y de publicitar el poder egipcio en estas lejanas tierras, pero además el faraón se tomó alguna licencia, mostrándose a sí mismo como un todopoderoso Dios.

El más conocido de todos ellos es sin duda el templo de Abu Simbel, un templo espectacular excavado totalmente en la roca que se adentra en su interior más de sesenta metros albergando distintas salas. Este templo está dedicado a él mismo y el dios Re Haractes (el sol en su cénit). En su fachada principal, cuatro enormes colosos sentados miran impasibles el infinito. Son las estatuas del faraón, Re Haractes, Amón y Ptah. La construcción fue planificada de manera que 2 veces al año, cuando el sol salía por el horizonte, sus rayos penetraban por la puerta y tras proyectarse en la gran sala hipóstila, la segunda sala, el vestíbulo y el santuario, estos incidían en las 4 estatuas del santosanctorum que se iluminaban por completo. Esto sucedía cada 21 de febrero, fecha del nacimiento de Ramsés II, y cada 21 de octubre, fecha de su coronación. Los ingenieros tuvieron en cuenta esta circunstancia al moverlos de emplazamiento, sin embargo, cometieron un pequeño error de cálculo: en nuestros días las estatuas reciben la luz el 20 de febrero y el 22 de octubre.

Este templo fue inaugurado el 1265 ac, en pleno apogeo de una de las épocas más brillantes del Imperio Nuevo, Egipto era entonces una potencia del oriente próximo. En el mismo tiempo también se inauguraba el precioso templo aledaño dedicado a su esposa, la reina Nefertari asociada a Hathor. En su fachada la imagen esculpida de la reina tiene el mismo tamaño e importancia que la del rey, algo inusual en Egipto lo que nos da una idea del amor que el soberano le profesaba.

Estos dos templos, al margen de su indiscutible grandiosidad, son importantes porque el faraón, sintiéndose lejos del control clerical y de su más que probable censura, comete repetidamente algo que posiblemente hubieran tachado de herejía: se muestra a sí mismo como un Dios. Esto ya ocurría a la muerte del faraón, se le divinizaba en los templos funerarios construidos para rendirle culto, pero nunca en vida. En Nubia podemos ver como el faraón se equipara a los dioses en tamaño y en poder, lo vemos recibiendo ofrendas y en el interior del santuario, el lugar más sagrado del templo, con su estatua sedente junto a las de los demás dioses, como otro Dios más del panteón.

Primera sala: El templo se puede visitar por dentro, además de esta imponente fachada, presenta una gran sala hipóstila de 18m por 16m. Su techo está sostenido por 8 pilares osiríacos sobre los que se apoyan 8 colosos de diez metros de altura, 4 por cada lado,  que representan a Osiris con los rasgos del faraón. Los de la izquierda portan la corona del Alto Egipto y los de la derecha la corona Pschent (símbolo de la unificación de las 2 Tierras). Los motivos decorativos del techo son pinturas que representan a la diosa Nejbet con sus alas desplegadas y textos reales. Las paredes también están profusamente decoradas con diversos motivos, de izquierda a derecha desde la entrada:

inmolación de prisioneros y cortejo de príncipes, escenas de batallas en Siria, Libia y Nubia, presentación de prisioneros a Ra-Harmajis y Ramsés II divinizado,  la batalla de Qadesh e inmolación de prisioneros y princesas.

Segunda sala y capilla: Tras esta primera sala, se abre otra sala de 4 pilares que da paso a un vestíbulo en una de cuyas paredes se abre una puerta que entra en el sanctosantorum, con cuatro estatuas sedentes encarnando a Re Haractes, Ramses II (divinizado), Amón y Ptah (dios de la oscuridad), y en las paredes, relieves de la barca sagrada.

El Lago Nasser

Queréis ver más? Pues seguidme, nos adentramos en el Lago Nasser.

El crucero por el Lago Nasser es bastante distinto a lo que habíamos experimentado en el recorrido por el Nilo. Es tal la inmensidad de este lago artificial que a veces se tiene la sensación de que bien podrías estar navegando por el mar abierto. Eso sí, un inmenso mar en calma en el que en su lejanía puedes apenas atisbar los inhóspitos pero bellos bordes del desierto. Lo mejor del crucero por este inmenso mar artificial es sin duda la tranquilidad, lejos de la saturación de embarcaciones del Nilo, la masificación de turistas y la contaminación. De hecho, se trata de las aguas más limpias de Egipto y en ellas habitan los últimos ejemplares del legendario cocodrilo del Nilo.

 

Quizás esta quietud y silencio nos sorprende tanto porque venimos de un río que metafóricamente “bombea la sangre de Egipto”, la vida fluye en torno a sus orillas que rebosan de actividad, de verdor, salpicadas de pequeñas aldeas con sus casas de adobe y paja, llena de escenas pintorescas, pescadores, animales de carga, y tras la fértil franja verde, las arenas doradas del desierto. Eso sin mencionar que las orillas del Nilo albergan algunos de los monumentos más emblemáticos del Antiguo Egipto.

Uno de los atractivos del crucero por el lago Nasser es que durante el recorrido pueden visitarse los bellos templos de Nubia. Es cierto que no son los más espectaculares ni los más majestuosos, pero el silencio y la soledad del desierto, lejos de los grupos de turistas que se encuentran en los templos del Nilo, hacen que la experiencia tenga un encanto muy especial. En estos templos sólo te rodeará la inmensidad del desierto, la nada.

New Kalabsha

He hablado bastante de Abu Simbel por razones obvias, sin embargo, este no fue el primer templo erigido por Ramses II en Nubia, sino el templo de Beit El-Wali, también rescatado de las aguas a la par que los de Abu Simbel y trasladado a la isla de New Kalabsha. Este templo estaba dedicado a Amón. De unas dimensiones mucho más “humanas”, tiene la estructura de un hemispeo, una parte con pilonos de adobe decorada y otra parte excavada en la roca (en Abu Simbel son speos, íntegramente excavados en la roca). Generalmente se llegaba a los pilonos a través de una avenida de esfinges que a veces incluso continuaba en el patio que se abría tras el pilono. Tras el patio se encontraba la sala hipóstila, ya dentro de la tierra y sustentada por pilares. Tras la sala hipóstila, el santuario, con capillas excavadas en nichos que guardaban las estatuas de las divinidades.

En su interior, encontramos espectaculares relieves murales con escenas de las victorias de Ramses II y sus hijos en las batallas contra las tribus nubias y los tributos traídos al monarca en forma de animales exóticos y marfil.

Otro ejemplo de construcción es el Templo de Gerf Hussein, inicialmente ubicado tras la primera catarata a unos 90 kms al sur de Asuán y mandado construir por Setau, virrey de Nubia. Parte de este templo (las partes no excavadas) también fueron también trasladadas en 1964 a la isla de New Kalabsha, pero la mayor parte del templo excavado en la roca se dejó en su lugar y ahora está sumergido bajo las aguas del Nilo. Dedicado al Dios Ptah-Tenen, de Menfis, que era la divinidad protectora de los ejércitos del faraón, la sección cavada en la roca y hoy sumergida, tenía la misma estructura que la del templo de Ramses II en Abu Simbel. Podemos suponer la espectacularidad de este templo gracias a las litografías de David Roberts, pintor orientalista escocés del siglo XIX.

Wadi es Seboua, Derr y Aksha

Uno de los templos más importantes y mejor conservados de la baja Nubia, a orillas del Lago Nasser es el de Wadi es Seboua, conocido como “Valle de los leones”. Una espectacular avenida de esfinges flanquea la entrada del templo. Es por ello que también es conocido como el “Karnak” de Nubia ya que recuerda al templo de Tebas. Al igual que la mayoría de templos de Nubia, el templo está situado a pocos kilómetros de su emplazamiento original para evitar su deterioro por la construcción de la presa de Assuán.  Durante la época cristiana el santuario, en el que se encuentran 3 divinidades (Ramsés II entre Amón y Ra-Harmakhis), fue transformado en iglesia, de la cual aún podemos contemplar una imagen de San Pedro.

Otro de los templos de Nubia rescatado de las aguas del Nasser es el Templo de Derr. Una de las particularidades más destacables de este templo nubio es que es el único que fue excavado íntegramente en la roca. Su modesta entrada no hace presagiar las maravillas que se esconden en su interior. En la decoración del interior todo es luz, todo es color. Después de realizar su restauración se pueden admirar unos maravillosos bajorrelieves que son extrañamente brillantes. La policromía del templo es extraordinaria, contrastando con los colores más suaves de otros templos. Es espectacular la escena representada de Ramsés II bajo el árbol sagrado realizando sus ofrendas ante Ptah y Sekhmet.

Del Templo de Aksha queda poca cosa, los restos se pueden visitar reconstruidos en el jardín del Museo Nacional, en Jartum.

Aunque Ramsés II no fue el primer faraón en hacerse adorar como un dios, sí lo fue en auto dedicarse templos y estatuas de manera sistemática. Ramsés II fue, junto con Hatshepsut o Amenhotep III, uno de los pocos faraones que firmemente creían, o pretendían hacer creer, que habían sido engendrados por el todopoderoso Amón-Ra, cabeza del panteón de deidades egipcias.