Conocido por el alias de «El Sultanito» y «El Conquistador» fue el primer sultán de la dinastía otomana en conseguir el sueño de todos sus antecesores: conquistar la ciudad más deseada y cotizada de la antigüedad y convertirla en la rutilante capital del Imperio Otomano. Un logro magnífico por el que pasaría a la historia, hasta el punto que la caída de la ciudad el 29 de mayo de 1453, es una de las fechas fundamentales de la historia pues marca el fin de la Edad Media.

Buceemos un poco en su biografía para conocerlo mejor y saber cómo llevó a cabo la gesta de “robar” la codiciada “manzana de roja” a la cristiandad. Y por supuesto, os adelanto que es una biografía con todos los ingredientes propios de una novela épica: muerte, lucha fratricida, guerra, honor, y gloria.

 

Sus datos biográficos

Mehmed II nació en 1432 siendo tercer hijo del sultán Murad, por lo tanto, en 1453, cuando conquista Constantinopla tenía tan solo 21 años, de ahí su apodo.
Al ser el tercer hijo, y además no provenir de ninguna de las consortes oficiales de Murad sino de una concubina de cuna humilde, Mehmed no recibió mucha atención de su padre. De hecho, Mehmed no estaba llamado a sucederle, pero quiso el destino que sus otros hermanos tuviesen muertes prematuras e inesperadas: su hermano mayor y primer aspirante al trono de Osman falleció repentinamente en 1437, y en 1443, su otro hermano, sucesor natural y sus dos hijos varones fueron asesinados en su propia cama por su consejero de confianza Kara Hizir Pashá.

En este momento, Murad, hizo un intento de abdicación en Mehmed quien solo tenía 13 años, dejando a su hijo, las riendas del imperio, con Halil Pashá como gran visir. Mehmed es reclamado a regresar de Amasya donde había sido cuidado y educado por tutores desde los tres años y se instala en el palacio de Edirne. Esto fue una mala decisión por razones obvias. Por ello Murad regresó de nuevo al poder tras la abdicación de Mehmed II. A la muerte del sultán en 1451 Mehmed se instala en Edirne para convertirse en el séptimo sultán de la casa de Osman. Entonces Mehmed II ya tenía a su primer hijo que sería el futuro sultán Bayezid II. También en 1450 una de las concubinas de Mehmed II, Gülşah Hatun, dio a luz a su segundo hijo, Mustafa, que siempre sería su favorito.

Su propio padre también ese año tendría otro hijo llamado Küçük Ahmed con una princesa turcomana. Mehmed II lo mandó ejecutar nada más alcanzar el poder siguiendo la fratricida ley otomana de “solo uno reinará” junto con otros dieciocho medios hermanos. Esta ley salvaje que estaba vigente en la corte otomana se aplicaba para evitar las luchas de poder y las guerras civiles que debilitarían al imperio.

En ese momento Constantinopla estaba siendo gobernada por Constantino XI, de la dinastía paleólogos, que, si bien ha sido tachado de mal administrador, era un hombre de acción, curtido en la guerra, de hecho, él ya había sufrido el anterior asedio por parte del propio Murad cuando era joven y sabía bien lo que significaba. En cualquier caso, Constantino XI tenía muy clara su responsabilidad por su herencia bizantina, aunque no le tocó vivir los mejores momentos de la ciudad, una ciudad que languidecía, que se había convertido en el foco de las discusiones religiosas entre la Iglesia romana de occidente y la Iglesia bizantina (griega ortodoxa) de oriente sin visos de solución. Constantino XI era muy consciente de que, ante el avance otomano, Constantinopla solo podría recibir ayuda de occidente, pero en las descritas circunstancias, no parecía que esa ayuda llegase ni en tiempo ni gratis llegado el momento.

Mehmed II, que no era ajeno a esta situación comenzó a dar forma a su sueño desde su recién adquirido trono en Edirne. Para él, ir a la guerra santa era su principal obligación como gobernante. Y lo planificó empezando por la construcción de una fortaleza en el lado europeo de la ciudad, Rumeli Hisari. Actualmente sabéis que Estambul es una de las ciudades más inmensas del mundo y que esta zona pertenece a la ciudad, pero entonces no era así, estaba a unos kilómetros al norte de la ciudad. Frente a esta, en orilla asiática había otra fortaleza existente, también de construcción otomana, “Anadolu Hisari”.
Desde Rumeli Hisari, protegida por cañones, Mehmed II controlaba el tráfico del Estrecho del Bósforo y cobraba tributos a los barcos que entraban o salían de la ciudad, no dudando en hundirlos si estos se negaban a pagar el tributo. Esto fue solo el comienzo, asesinatos, cosechas arruinadas, corte de suministros. Los habitantes de la ciudad empezaron a sentir la cercanía de una amenaza para la que no disponían de recursos con que hacerle frente.

Constantino empezó a prepararse para la guerra cerrando las puertas de la ciudad y solicitando ayuda a Occidente, que llegaría escasa y tarde, y cuando ya nada se podía hacer por la capital, baluarte del cristianismo durante siglos, el hogar de la fabulosa Santa Sofía.

 

La caída de Constantinopla: Kaisar-i-Rum

Su pérdida supuso el comienzo de cinco siglos de Imperio Otomano y el fin de diez siglos de Imperio Romano. La conocida como segunda Roma había sobrevivido a los años más oscuros de la Edad Media a base de una temida fuerza militar y una pujanza comercial sin igual, pero nada pudo hacer ante la llegada otomana.

Ya dediqué un post a narrar este asedio, y, para no repetirme, os remito al artículo que podéis leer aquí.

La casa de Osmán tomaba el lugar de la dinastía Paleólogo y tras la caída de Constantinopla, el sultán Mehmed II adoptó el título de Kaisar-i-Rum (emperador en turco). La captura de Constantinopla otorgó a Mehmed II una gloria y un prestigio incomparables y una inmensa autoridad en su propio país, por lo que comenzó a verse a sí mismo como el heredero de los Césares romanos y el triunfador del islam en la guerra santa. En su propia descripción él se llamaba «el señor de las dos tierras y los dos mares» (es decir, Anatolia y los Balcanes, los mares Egeo y Negro), una designación que reflejaba su idea del imperio.

Durante los veinticinco años siguientes a la caída de Constantinopla, Mehmed II emprendió una serie de campañas en los Balcanes, Hungría, Valaquia, Moldavia, Anatolia, Rodas, la península de Crimea y Otranto en el sur de Italia. Con esta última empresa (1480) tenía la intención de invadir Italia en un nuevo intento de fundar un imperio mundial. La primavera siguiente, habiendo comenzado una nueva campaña en Anatolia, murió de gota cerca de Constantinopla. Aunque parece ser que hay indicios de que pudo ser envenenado.

Si alguno tiene interés en visitar el mausoleo y tumba de Mehmet II, esta se encuentra dentro del recinto de la Mezquita de Fatih, construida en conmemoración de la victoria.