El contrabando de momias en los primeros tiempos de la arqueología

Estamos más que acostumbrados a oír hablar de momias cuando se trata de la cultura egipcia, y, en muchos casos la colección de momias de algunos museos arqueológicos, o, del propio Museo Egipcio de El Cairo, representa de lo más valioso de sus coleccione. Sin embargo, a lo que no estamos tan acostumbrados es a escuchar hablar de las momias como souvenir, ungüentos o pigmentos para las bellas artes.

La conquista de Egipto por Bonaparte (1798–1801) desató una autentica fiebre por todo lo relativo a las antigüedades egipcias, que tuvo como resultado una ola de saqueos de los lugares arqueológicos de Egipto. El ejercito de Napoleón, acompañado por un equipo multidisciplinar, registró todo lo que salía a su paso en “La descripción de Egipto”, una obra de más de treinta volúmenes donde se recogían las maravillas naturales y monumentales del país del Nilo.
Egipto pasó a ser un destino muy codiciado por viajeros y exploradores en busca de aventuras. En la segunda mitad del siglo XIX ya era uno de los primeros grandes destinos turísticos del mundo.

 

La fiebre egipcia

Se desató una auténtica fiebre/obsesión por todo lo egipcio que abrió las puertas de la historia de Egipto, pero que en muchos casos se convertiría en una lucha entre naciones en la que todo valía. Francia, Italia e Inglaterra pugnaron por conseguir el objeto más preciado, o simplemente por arrebatárselo al contrincante para surtir de antigüedades a sus museos nacionales.

No debemos de olvidar que los primeros tiempos de la arqueología no pasarán (valga la redundancia) a la historia ni por su rigor, ni por sus métodos. Ni tan siquiera por su amor a la antigüedad, por desvelar los secretos de las antiguas civilizaciones. De hecho, nos rasgaríamos las vestiduras de conocer los métodos y las motivaciones de todos los personajes involucrados.

Las antigüedades se convirtieron en un gran negocio del que se beneficiaban diplomáticos, empresarios europeos y, por supuesto, el gobierno egipcio, que, interesado en modernizar el país, no en mirar hacia atrás, permitía de forma legal este comercio, otorgando sin cortapisas licencias de exportación y obteniendo pingües beneficios por ello. Cada personaje pudiente o noble que se preciase, subrayaba aún más su poderío añadiendo alguna de estas piezas de gran valor histórico a sus colecciones. Y hablamos de esculturas, papiros, obeliscos, relieves y pinturas arrancadas sin miramientos de templos y tumbas…y que pasada la pasajera curiosidad morían de olvido y de falta de cuidados en desvanes y apiladas bajo capas de polvo…

Esta mencionada fiebre por lo egipcio fue la culpable del expolio incontrolado de antigüedades egipcias y también de la aparición de unos personajes que se encargaban de satisfacer esta demanda, a menudo a la carta. Personajes que a menudo fascinaron al gran público, y cuyas andanzas y hallazgos fueron eran habitualmente protagonistas de los periódicos de la época. Suerte de Indiana Jones, extravagantes y a menudo ya curtidos por vidas y profesiones que no tenían relación con la arqueología, y que eran realmente tratados como estrellas a pesar de sus enormes egos y de sus extravagantes métodos.

 

La momificación

Las momias están relacionadas con la creencia en la vida tras la muerte de la cultura egipcia. Para los antiguos egipcios, los muertos podían vivir más allá de la muerte en forma de espíritus si el cuerpo sobrevivía en una forma que el espíritu pudiera reconocer.

La momificación fue un arte que se perfeccionaría a lo largo de los siglos por los artesanos funerarios, que desarrollaron un método artificial de preservar a los muertos usando sal de natrón y eviscerando los cuerpos que luego eran vendados y entregados a una tumba en la tierra ardiente del desierto que se encargaba de hacer el resto del trabajo.

Para complacer la vanidad de muchos distinguidos próceres, muchas de estas momias tuvieron que “renunciar” a esa ansiada vida eterna. Fueron arrancadas de sus tumbas para satisfacer la curiosidad y el ego de muchos, tanto a nivel particular como público. Desde luego, esos individuos ni siquiera pudieron cumplir eso de que “polvo somos y en polvo nos convertiremos”. Bueno, en honor a la verdad, esto último extrañamente sí que lo consiguieron, aunque parcialmente. Les cuento.

 

Egipto se convierte en destino de moda: momias como souvenir

Hacia 1870, Egipto se había convertido en un destino de moda para pasar las vacaciones de invierno entre los europeos, sobre todo los británicos. En 1869, con la inauguración del canal de Suez, se abre la vía al transporte marítimo entre Europa y Asia, beneficiando a la economía y al turismo de Egipto. Thomas Cook, visionario empresario inglés, convencido de que su gran potencial atraería a la aristocracia británica, apostó entonces por ofrecer el primer crucero en un barco de vapor por el Nilo. En 1880, obtiene la concesión de toda la navegación turística.

La morbosa fascinación por las momias egipcias hizo que muchos de estos visitantes quisieran llevarse una de recuerdo. Sí, aunque suene descabellado, las momias se convirtieron en uno de los souvenirs favoritos que viajeros y turistas decimonónicos querían llevarse a casa. Y que incluso eran tras el regreso, el foco de animadas reuniones privadas en las que el principal entretenimiento era el “desvendado de una momia.”
Estos rituales de desenrollado de momias no se limitaron a Inglaterra, también se llevaban a cabo en Francia. Después de todo, como decía el novelista francés Théophile Gautier «¿no es una cosa sorprendente… ver sobre una mesa, en forma todavía apreciable, un ser que caminó bajo el sol, que vivió y amó 500 años antes de Moisés, 2000 años antes de Jesucristo?'»

Para aquellos que no podían pagar una momia completa, los restos desarticulados, como una cabeza, una mano o un pie, se podían comprar en el mercado negro y pasar de contrabando a casa. Hay una imagen de época realmente impactante en la que podemos ver a un “comerciante” de momias amodorrado por el calor, sentado en una polvorienta calle de El Cairo. A su espalda podemos contemplar dos momias y otra sobre el mismo suelo. Es realmente curiosa y bizarra a partes iguales. Un comercio repugnante y delictivo que a nadie parecía escandalizar.

 

Las momias como “remedio medicinal”

Pero bastante antes de esto, ya las momias fueron durante algunos siglos comercializadas como “remedio medicinal” de venta en todas las boticas europeas que se preciaran desde el s. XII hasta el XVI.

En realidad, las momias no tenían nada que ver con la mumia, que era el producto original, un tipo de betún o resina procedente de Persia a la que se atribuía la cura de un sinfín de afecciones de distinto tipo: desde abscesos a erupciones, pasando por fracturas, epilepsias o vértigos.

Durante las Cruzadas, los soldados europeos conocieron los notables atributos del remedio, especialmente su eficacia para curar cortes y fracturas. Y llevaron este conocimiento a casa, lo que hizo que la demanda de este betún se disparara.

Parece ser que con el paso de los siglos los afloramientos naturales de mumia acabaron por secarse, y que los comerciantes, reacios a dejar morir un negocio que les proporcionaba pingües beneficios, se lanzaron como locos a conseguir otras fuentes de materia prima. Y la encontraron en los cuerpos embalsamados que durante tres mil años se habían estado enterrandos a orillas del Nilo.

Se sabía que los antiguos egipcios usaban betún como agente embalsamador; de hecho, lo aplicaban a sus muertos desde la XII Dinastía (1991-1802 a. C.) en adelante. Por lo tanto, surgió la idea de que la mercancía podría obtenerse saqueando tumbas antiguas y raspando la sustancia de sus inquilinos muertos hace mucho tiempo.

Cuando los cuerpos se secaban, las resinas, aceites y productos aromáticos con los que se inundaban los cadáveres durante la momificación, no sólo tenían la misma consistencia y color que la mumia original, sino un olor más fragante y agradable.

Según la revista Discover, “por vía tópica, lo aplicaban en los ojos con cataratas o en la piel con lesiones. Mezclado con vino, era supuestamente bueno para la tos y la falta de aliento. Mezclado con vinagre, calmaba los dolores lumbares. Una mezcla de menta, mirra y betún servía para aliviar la fiebre cuartana (un tipo de malaria). Y cuando se añadía al yeso, la medicina a partir de restos de las momias traídas de las tumbas egipcias ayudaba a curar heridas y huesos rotos.”

Con el tiempo, la gente llegó a pensar en la momia no solo como las secreciones endurecidas del cadáver o sus residuos milenarios de betún, sino como la carne seca y embalsamada de todo el cadáver. Por lo tanto, cualquier momia del Antiguo Egipto podría triturarse para fabricar la droga a demanda. Pero claro, al escasear también las momias “auténticas” por el frenesí del consumo, estos ingeniosos mercaderes en una vuelta de tuerca más tuvieron que “fabricarlas”.

Se pueden imaginar que cualquier desgraciado, indigente o persona al margen de la sociedad era un buen candidato para ser convertido en momia de la cual extraer estas mencionadas “resinas”. Los muertos seculares se convirtieron en un bien preciado para gente sin escrúpulos.

Incluso cuando estos desgraciados estaban a su vez muy enfermos. Sabe Dios cuantas personas se verían seriamente enfermas al ingerir este “polvo de momia” o cuantas de ellas fallecerían ingiriendo este “remedio”.

 

Las momias en el mundo del arte

Pero los europeos no se conformaron con hacer ungüentos a partir de momias milenarias o tragar sus restos molidos mezclados en vino. Por si no les parece poco, sepan que cuando este remedio dejó de comercializarse, las momias siguieron teniendo una función. Y es que el mundo del arte también adoraba a las momias.

Los pintores apreciaban un pigmento hecho de una sustancia llamado momia marrón o caput mortuum (cabeza de hombre muerto). Era un rico tono marrón, que se encontraba entre los tonos de sombra tostada y cruda. Estaba hecho de mirra, brea blanca y momias egipcias antiguas molidas. Sin embargo, al igual que con la momia “médica”, la alta demanda dio lugar a que se utilizasen momias menos que auténticas. En ocasiones, las momias de las Islas Canarias sustituyeron a la variedad egipcia ya que los aborígenes de las islas, los guanches, también habían embalsamado a sus muertos.

El “marrón momia” era bueno para veladuras, sombras, sombreados y (sí) tonos de piel. Era muy popular entre los prerrafaelitas y estuvo de moda desde mediados del siglo XVIII hasta finales del XIX. Se sabe que Delacroix la utilizó.

Los famosos fabricantes de colores Roberson’s of London almacenaron la pintura hasta principios de la década de 1960, aunque la demanda en ese momento era muy baja. En 1963, la firma tuvo que retirar el pigmento de su catálogo porque ¡finalmente se había quedado sin momias! Por cierto, sepan que, aunque hoy en día se puede comprar un pigmento moderno llamado momia marrón, está hecho de caolín, cuarzo, goethita y hematita, sin rastro de cadáveres momificados.

Visto lo visto, por muy surrealista que esto nos pueda parecer, al final y contra todo pronóstico tendremos que acabar “agradeciendo” que algunas de esas piezas fueran expoliadas de Egipto, ya que a la larga esto las preservó de acabar molidas o en colecciones privadas. Al menos hoy podemos disfrutar de esta parte de la ancestral cultura egipcia cuando visitamos los principales museos del mundo.