En 2022 se cumplirán cien años del descubrimiento arqueológico más famoso del siglo XX y casi me atrevería a decir que de todos los tiempos: el sorprendente hallazgo de la tumba casi intacta del faraón niño Tutankamón.
Tutankamón, del que hasta entonces nada o poco sabíamos, fue enterrado para desaparecer en la arena de los tiempos, hasta que Howard Carter lo rescató del sueño eterno aquel el 4 de noviembre de 1922.
Es de suponer que en muchos museos del globo y principalmente del nuevo Museo egipcio de El Cairo, se lleven a cabo exposiciones y muestras conmemorativas sobre la historia tanto del genial hallazgo como sobre su artífice, el arqueólogo inglés Howard Carter. Hoy me adelanto un poco con mi propio post dedicado al genial descubrimiento y a su descubridor.

Howard Carter: apuntes biográficos

Nacido en el residencial barrio de Kensington, Londres, en el seno de una familia acomodada en 1874, Carter tomó contactó con la egiptología a la temprana edad de 17 años, cuando conocida su destreza como dibujante, fue enviado a una excavación arqueológica en Egipto con el objetivo de copiar los jeroglíficos. De este modo, el que llegaría a ser el más célebre de los arqueólogos que han trabajado en Egipto iniciaba su andadura profesional como dibujante de unas pinturas que tenían casi 4.000 años de antigüedad.
Virtuoso del dibujo, Carter pronto comprendió que quería formar parte de este mundo tan atrayente e interesante, que su destino no era el retrato de perritos falderos con lazo ni mascotas mimadas de la alta sociedad londinense. Se puede decir que su formación fue sobre el terreno, lejos de las aulas y autodidacta, algo que sus detractores siempre le han arrojado a la cara. A pesar de esto, Carter tuvo una muy brillante carrera profesional como egiptólogo.

En el año 1900, después de trabajar en el templo de la reina Hatshetsup en el Valle de las Reinas y de alternar muchos otros trabajos arqueológicos con la pintura de acuarelas como modo de subsistencia, fue nombrado Inspector General de Monumentos del Alto Egipto por el propio Gaston Maspero, reputado egiptólogo que era el responsable máximo del Servicio de Antigüedades Egipcias. Este relevante cargo podía ser su trampolín profesional.

Cuando Carter comenzó su labor, aún no se había hallado ninguna tumba intacta con sus tesoros funerarios, el sueño de todos los arqueólogos.

Bajo su supervisión se realizaron actividades de gran trascendencia, entre las que se pueden citar la instalación del alumbrado en Abu Simbel, excavaciones en los principales templos del sur del país y limpiezas y desescombro en tumbas tan importantes como las de Hatshepsut, Merenptah o Seti I. La adecuación de la tumba del faraón Amenofis II (KV 35) en el Valle de los Reyes, permitió que pudiera ser visitada por el público a partir de 1901. Las tareas realizadas en aquellos años avalarían la fama de persona capaz del arqueólogo británico y facilitarían su posterior ascenso jerárquico dentro del Servicio de Antigüedades egipcio.

Debido a su intervención en un desafortunado incidente con un grupo de turistas ebrios en Saqqara, Carter, fiel a sus principios, abandonó su cargo, y fue en esta etapa cuando se cruzó en su camino Lord Carnarvon, con cuyo patrocinio se haría el importante descubrimiento de la tumba que le dio fama mundial, la KV62.

Lord Carnarvon, que estaba en Egipto por problemas de salud y que también estaba fascinado por su impresionante patrimonio arqueológico, había solicitado una concesión para excavar en Luxor y en la que nada de relevancia descubrió. Poco después de conocerse, Lord Carnarvon y Howard Carter se asociaron en una nueva y extensa concesión que abarcaba la zona comprendida entre la necrópolis de Dra Abu el-Naga y el templo de la reina Hatshepsut en Deir-el-Bahari. El primero financiaba el proyecto, y el segundo se encargaba de dirigir las labores de campo.

Los primeros pasos hacia la tumba de Tutankamón fueron lentos.

En 1914 el abogado y mecenas norteamericano Theodore Davis renunció a su concesión en el Valle de los Reyes y regresó a Estados Unidos, donde moriría al año siguiente convencido de que allí ya no quedaba nada de interés por encontrar. De hecho, la fiebre por descubrir los tesoros del valle había llevado a aventureros, buscadores de fortuna y egiptólogos de diversa índole a excavar en la zona hasta el punto de que a principios del siglo XX se consideraba que el yacimiento estaba agotado.

El lord y el arqueólogo británicos aprovecharían la ocasión y solicitaron el permiso del Servicio de Antigüedades para trabajar en aquel mismo lugar. El 1 de diciembre de 1917 iniciaron los trabajos arqueológicos en el Valle de los Reyes. Durante más de un lustro se trabajó duro y nada destacable sería descubierto. Después de cinco años de trabajo, los trabajadores habían sacado 200.000 toneladas de arena y escombros usando herramientas manuales y cestos, como habían hecho en el pasado los antiguos egipcios.

La tumba KV62

El 1 de noviembre de 1922 comenzó la campaña que sería definitiva.

Howard Carter dirigió los trabajos de limpieza en la KV62, que permitieron observar que había hasta doce escalones que conducían a una entrada sellada mediante un tabique enlucido. El estuco de la parte superior ahora a la vista contenía una serie de sellos en mal estado, con lo cual no fue posible averiguar a quién pertenecía la tumba. Carter la volvió a cubrir y paralizó el trabajo hasta que Lord Carnarvon, que estaba en Inglaterra llegase y pudiese estar presente en el momento clave.

En esta ocasión sí que se pudieron leer con facilidad sellos bien conservados en su parte inferior. Y en ellos estaba el nombre de entronización de Tutankamón.

En posteriores jornadas los obreros continuaron desescombrando el corredor que conducía al interior del hipogeo. Al final del pasillo había otra puerta sellada mediante un tabique enlucido a través del cual hicieron un orificio y a través de la oquedad, el descubridor pasó un candil que les permitió ver las maravillas que se guardaban en su interior. “Carros de madera desmontados, camas cuyos cabezales estaban formados por cabezas de divinidades protectoras, un trono con incrustaciones de oro, sillas, taburetes, cajas y arcones ricamente decorados, pequeñas capillas de madera, cestos, resecos ramos de flores, bastones de diversos tamaños y formas, así como vasos de alabastro de extraordinaria belleza formaban parte de un inmenso ajuar que había sido depositado en la antecámara. Además, dos negras estatuas del rey, erguido y apoyado en un bastón, flanqueaban el acceso a una sellada cámara funeraria.”

Hasta cuatro capillas decoradas de madera de cedro rodeaban el sarcófago del faraón. Las labores de desmontaje de las cuatro capillas y de inventariado de los objetos fueron lentas, pues había que preservarlos al máximo. Los trabajos de inventario y estudio de piezas de la antecámara y el anexo ocuparon los siguientes meses.

En el interior de uno de los sarcófagos había tres ataúdes antropomorfos ricamente ornamentados. Los tres tenían el rostro del faraón con el característico tocado nemes en la cabeza, coronado con la cobra y el buitre; la barba real; los brazos cruzados sobre el pecho.

Levantada la tapa del tercer sarcófago el 28 de octubre de 1925, los allí presentes pudieron contemplar la momia del joven faraón. Su célebre máscara, que cubría la cara y los hombros, fue admirada por primera vez en más de tres milenios. El extraordinario objeto funerario había sido elaborado en dos planchas de oro batido que posteriormente serían engarzadas. Esta máscara, gran emblema del descubrimiento, mide 54 cms. de altura y pesa 10,23 kilos.

Cuando se procedió a retirar los lienzos, aparecieron collares, brazaletes y anillos de oro y piedras semipreciosas; pectorales; numerosos amuletos e incluso dos puñales, uno de oro y otro de hierro, metal que en aquellos tiempos era muy escaso y que ha dado pie a diversas interpretaciones sobre su origen. Ciento cuarenta y tres objetos en total repartidos entre las prendas del sudario, con la finalidad de proteger el cadáver frente a la acción de las fuerzas oscuras del más allá.

Howard Carter dedicó diez años a excavar la tumba de Tutankamón y a documentar sus hallazgos con extrema minuciosidad. Las tareas de restauración y catalogación de piezas de aquel impresionante ajuar se prolongarían hasta el año 1932. El tesoro, que entre otras muchas cosas contenía más de una tonelada de oro y joyas y más de 5.000 objetos preciosos había permaneció inalterado durante 3.200 años en la tumba del Valle de los Reyes, lugar de enterramiento de los faraones durante tres milenios y sería catalogada como KV62.

Tutankamón

Tras dos años de investigaciones con las técnicas radiológicas más modernas y pruebas genéticas se han obtenido resultados que despejan algunas incógnitas sobre Tutankamón y que fueron confirmados por el propio arqueólogo y ministro de antigüedades egipcio hasta 2011, Zahi Hawass. El Faraón Tutankamón reinó brevemente durante el siglo XIV a.c, entre 1332 y 1323 a.c siendo entronizado con apenas nueve años. Falleció repentinamente en torno al 1323 a.c por causas que aún hoy siguen siendo objeto de debate, y enterrado en el discreto hipogeo del Valle de los Reyes donde fue encontrado en 1922.

Tutankamón era hijo de Akenatón, “el faraón hereje” quien durante su reinado llevó a cabo una reforma religiosa basada en el culto único a Atón, el disco solar. Reforma muy impopular entre sus súbditos y los propios sacerdotes. Esta confirmación de parentesco es bastante inquietante, sobre todo porque el jovencísimo faraón posiblemente habría sido un mero instrumento en manos del clero de Amón quien lo usó como símbolo de la restauración de los antiguos dioses tras el monoteísmo del “hereje” Akenatón.

Amenofis III era su abuelo y la reina Tiye, su abuela. Su esposa fue Ankesenamón, una de las hijas de Akenatón y Nefertiti y, por tanto, su hermana. Se desconoce con certeza quien fue su madre. Los análisis genéticos de las momias realizados en las últimas décadas han demostrado que su madre fue la momia identificada como “La joven dama”, una hermana de Akenatón.

La maldición del Faraón

El 5 de abril (cinco meses después del descubrimiento) moría Lord Carnarvon a causa de una neumonía en El Cairo. Parece que fue picado por un mosquito y que poco después se cortó la picadura mientras se afeitaba, causándole una septicemia que se extendió por todo el cuerpo.
Su muerte contribuiría a alimentar los mitos sobre maldiciones en tumbas egipcias, promovidos a través de cierta prensa sensacionalista, la literatura y el cine. La llegada masiva de momias a capitales del mundo occidental y la literatura sustentaron toda una serie de atractivas teorías y venganzas desde el más allá procedentes del antiguo Egipto.

Solo por mencionar a 3 grandes autores que escribieron sobre momias y maldiciones tenemos a Edgar Allan Poe, este maestro de la literatura de terror publicó «Algunas palabras con una momia». Louisa May Alcott, autora de la célebre Mujercitas, escribió una obra breve titulada «La maldición de la momia», y Bram Stoker, famoso por su novela Drácula, publicó el relato «La joya de las siete estrellas» en 1903.

La muerte del delicado Llord Carnarvon simplemente dio rienda suelta a este fervor e imaginario colectivo sobre las macabras consecuencias ocasionadas por la maldición. Incluso el célebre padre de Sherlock Holmes, Sir Arthur Conan Doyle, especuló con la idea de que un moho tóxico había sido puesto deliberadamente en las tumbas para castigar a los ladrones de tumbas por lo que el fallecimiento de Lord Carnarvon y de otros de los que participaron en el descubrimiento, se debía a algún tipo de elemento maligno que se había liberado al abrir la tumba.

Lo cierto es que el pueblo egipcio era muy supersticioso y que creían en la magia y las maldiciones. En tumbas del Reino Antiguo se escribían advertencias dirigidas a evitar los robos: el ladrón perdería la vida ante un animal peligroso, (como podía ser un cocodrilo, un león, un hipopótamo, una serpiente o un escorpión). O sería el propio difunto el que regresaría del Más Allá para torcerle el cuello hasta rompérselo.

Durante el Reino Nuevo, época a la que perteneció Tutankamón, disminuyó el número de maldiciones y aumentaron las inscripciones de advertencia sobrenatural escritas sobre objetos relacionados con los ajuares funerarios apelándose a los dioses para que tomaran venganza en los profanadores y sus familias.
En realidad, tantas advertencias no servían de mucho pues la inmensa mayoría de la población egipcia no sabía leer ni escribir, con lo cual los ladrones ni si quiera eran conscientes de tan siniestros avisos cuando violentaban una tumba o dañaban objetos sagrados.

Howard Carter, el principal «implicado», murió el 2 de marzo de 1939 a los 64 años, de muerte natural, 17 años después.

En la tumba de Tutankamón se encontraron altas concentraciones de esporas del hongo Aspergíllus flavus y Aspergillus niger así como bacterias patógenas de los géneros Staphylococcus y Pseudomonas. Los productos metabolizados del mencionado hongo son muy venenosos y peligrosos para el hombre, ya que el Aspergillus flavus puede causar reacciones alérgicas en personas con un sistema inmunitario débil o atacar incluso determinados órganos, como perfectamente pudo ser el caso de Lord Carnarvon. Aunque no hay pruebas de que tales patógenos fuesen responsables de la muerte de Lord Carnarvon, (y recordemos que en esa época se moría de cualquier infección al no existir los antibióticos ni la penicilina). En la actualidad, el hongo está considerado como el causante de las enfermedades mortales que padecieron los miembros de la expedición.

Además, a la muerte de Lord Carnarvon siguieron varias más. Su hermano Audrey Herbert, presente en la apertura de la cámara real, murió inexplicablemente en cuanto volvió a Londres. ​Arthur Mace, quien dio el último golpe al muro para entrar en la cámara real, murió en El Cairo poco después, sin ninguna explicación médica. Sir Douglas Reid, que radiografió la momia de Tutankamón, enfermó y volvió a Suiza donde murió dos meses después. La secretaria de Carter murió de un ataque al corazón. Un profesor canadiense que estudió la tumba con Carter murió de un ataque cerebral al volver a El Cairo. A principio de la década de los 30, los periódicos atribuían hasta treinta muertes a la maldición del Faraón. Aunque muchas de ellas eran meras exageraciones, la casualidad sigue pareciendo hoy en día para muchos insuficiente para explicar las demás.

Fuentes consultadas:

“Los descubridores del antiguo Egipto”. | Joyce Tyldesley

“Egipto el mundo de los faraones”. | Regine Schultz

“Egipto tierra de faraones”. | Brian Fagan

“El arte de los faraones”. | Giorgio Ferrero

“Tutankamón en España, Howard Carter, el duque de Alba y las conferencias de Madrid”. | Myriam Seco Álvarez

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